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jueves, 14 de marzo de 2013

Dietario prescindible.

Es inevitable empezar esta entrada sin dar algunas explicaciones sobre el aparente abandono del blog en las últimas semanas. Baste decir que la mayor parte de ellas se reducen a una: holgazanería. Ni siquiera he leído muchos libros ni visto muchas películas (ni hablar de discos nuevos) en este tiempo, así que, por otra parte, ¿sobre qué habría podido haber escrito? A fin de cuentas, este dietario (por nombrarlo de alguna manera) no se lo debo a nadie más que a mí mismo, así que si lo abandono ocasionalmente, yo soy el único afectado (si es que me afecta en algo). Vuelvo a escribir, aunque no tenga nada concreto sobre lo que escribir, sobre todo porque extraño escribir. Hace un par de días me puse a escribir un cuento. Todo el proceso fue muy rápido, me tomó un día y medio, y la satisfacción obtenida al finalizarlo me recordó cuán divertido y apasionante puede ser. Es un buen cuento, con una idea de fondo original y bien explotada. Creo que ese impulso narrativo surgió a raíz de la lectura desaforada de la última parte de Llamadas telefónicas. El estilo es muy deudor de Bolaño, desde luego, como todo lo escrito por quienes nos consideramos sus hijos de letras, y quizás por eso parece un buen cuento. Es interesante compararlo con mis primeras aproximaciones al género: la evolución salta a la vista. Fue entretenido compartirlo con amigos entendidos, recibir algo de feedback y todo eso. Todo esto para justificarme y asegurar (asegurarme a mí mismo) que no he abandonado la escritura del todo y quizás no deba abandonarla aún.

Poco ha sido lo que le leído últimamente, nada digno de mención, realmente. Tras la lectura de Las correcciones, empecé con libros más bien pequeños como Curso de filosofía en seis horas y cuarto, de Gombrowicz, divertido, fugaz y sobre todo cristalino para los que disfrutan de refrescarse en las aguas de la filosofía de vez en vez; El gran Gatsby (otro clásico menos de la lista), bastante bueno, la verdad, lamento no haberlo leído antes; El hobbit, en un intento por incursionar en lo fantástico de la mano de uno de los que se supone que son realmente buenos con ese género, y debo admitir que no me decepcionó en absoluto, una narración impecable, digna de un inglés oxoniense, pero creo que tuve suficiente como para postergar la trilogía de los anillos hasta un futuro no muy cercano. Finalmente arremetí con un ensayo, para deleitar mi mente ávida de argumentos controvertidos, cubierto del brillante y agudo humor de un autor muy querido para mí, aunque este sea su primer libro que leo. Se trata de Christopher Hitchens y su Dios no es bueno, un delicioso alegato contra la religión y una reivindicación del ateísmo, el agnosticismo y la libertad de simplemente no creer en nada. 

Antes de decantarme por mis próximas lecturas, atravesé una especie de crisis. Tenía dos opciones, o me lanzaba de cabeza sobre la monumental obra maestra de Pynchon, El arco iris de gravedad, o empezaba con algo más ligero, como Desayuno en Tiffany´s. Incluso leí las primeras páginas de estas obras, así como las del Libro del desasosiego, de Pessoa, pero las fuerzas me flaquearon. Una mañana abrí mi e-reader y de pronto decidí que la era hora de empezar con La vida, instrucciones de uso, y heme aquí enfrentándome a otra obra enciclopédica, al más puro estilo de Rayuela. El libro escoge al lector, me gusta pensar ese tipo de idioteces, me hacen sentir mejor. El libro de Perec va bastante bien, aunque lo estoy leyendo lentamente. Uno tiende a perderse al principio, lo cual es muy atractivo para mí porque la experiencia me ha enseñado que la recompensa siempre llega en libros que empiezan así. A la par, he empezado con otro dietario, esta vez del maldito Bolaño. Son casi dos años en que no he leído nada de Bolaño, después de haberlo devorado casi todo en un período de tiempo más bien corto. Entre paréntesis es muy entretenido pues reúne todo lo que escribió fuera de lo narrativo o poético, "lo más cercano a una autobiografía", se atreven a decir por ahí. Me entretiene bastante, había olvidado su humor, su sarcasmo, su pedantería, su brutalidad. Es como reencontrarse con un viejo amigo que a la vez es tu maestro indiscutible. 

Es muy poco lo que puedo decir en cuanto a películas, aún cuando este blog no les ha dedicado mayor espacio. La verdad es que son más bien las series de televisión las que se han ganado mi interés en este último tiempo, siendo 'Breaking Bad', de Vince Gilligan, algo que me atrevería a calificar como obra maestra. No es broma. Los escritores de esta serie pudieron haberla convertido en una novela de muy buena calidad, pero optaron por un formato más comercial, lo cual no desmerece su ingenio. Quien no la haya visto todavía, se está perdiendo de unos de esos eventos televisivos que van a pasar a la historia. Pero debo advertirles sobre su potencial adictivo y su capacidad para promover la procrastinación. Ya hay debates en la red sobre si las series de televisión de hoy en día (las de calidad por supuesto, no todas) están reemplazando a la literatura en la creación de clásicos. Yo no iría tan lejos, pero algunas de ellas sí merecen ovaciones.

Y esto es lo que me ha ocupado en las semanas pasadas. No es mucho, pero como se ve, no me ha dado nada lo suficientemente extenso o apasionante como para escribir. O quizás sí y lo único que estoy haciendo es justificar mi holgazanería. Ya vendrán tiempos mejores, temas apasionantes, ganas de escribir algo más que excusas.


viernes, 12 de octubre de 2012

Justificación injustificada.


Las justificaciones son siempre innecesarias. Nadie las necesita; las cosas se dan y no hay necesidad de andar explicando por qué. Los porqués son siempre rebuscados. Este blog atravesó un período de escasez de contenidos debido a las tribulaciones existenciales que atacaron a su autor. Mejor no entrar en detalles al respecto. Durante unos minutos, antes de empezar a escribir esto, el autor consideró la posibilidad de cerrar el blog, sin despedidas ni avisos de ningún tipo. "Nadie lo extrañaría", eso pensó. Pensó otra vez. Decidió que en realidad no era culpa del blog; este no había perdido su razón de ser. Aún serviría. Aún sería una bitácora para registrar ocasionales impresiones (más o menos inadecuadas o fuera de lugar) respecto a lo que leía, veía o escuchaba, lo cual siempre cumplió una función liberadora. Quizás al universo le de lo mismo si este blog existe o deja de hacerlo, pero al autor le importa, aunque últimamente ande pensando que no. El blog cumple un año en este mes y ese tipo de rituales humanos obsesionados con la temporalidad sí terminan cargando de significado a las cosas. Por eso se quedará. Por eso sobrevivirá. Es más: para garantizar su supervivencia ante potenciales crisis futuras, desde este momento la existencia del blog es independiente de la de su autor. Ya no serán uno los dos. No creo que haga falta resaltar lo que eso implica: el autor deja de ser absolutamente responsable por los contenidos. "Cadáver Exquisito" está vivo, ergo, tiene voluntad propia. Reading discretion is advised. 

viernes, 3 de agosto de 2012

"Otras inquisiciones" como novela involuntaria (y como blog arcaico).



Oficialmente, técnicamente, Otras inquisiciones es un libro de ensayos; un recopilatorio de las disquisiciones de Borges sobre sus temas favoritos: la metafísica, la historia y la literatura. Hasta aquí, todos de acuerdo. Introduzco una interpretación radical: ¿Qué tal si el más famoso libro de ensayos del maestro fuera en realidad una novela velada, velada incluso para el mismo Borges, quien siempre manifestó su desconfianza por ese género?

La idea no es mía. Hace más o menos un mes leí el artículo La novela involuntaria, de Aníbal Jarkowski. El nuevo enfoque que ahí se le da a la colección de ensayos de Borges me inquietó al punto de ponerme a leer inmediatamente el libro. De acuerdo a la interpretación de Jarkowski, el protagonista, un tal Borges (quien revela su identidad en la última línea) comentaría sus impresiones y razonamientos fruto de las lecturas que va realizando a lo largo de cierto período de tiempo. La trama es así de sencilla: un lector se sienta, lee, piensa y escribe. Son las reiteraciones en cuanto a nombres (Kafka, Pascal, Quevedo, Kipling, Coleridge, Chesterton, Shaw), líneas, citas, alegorías y metáforas las que nos hacen pensar en el autor como un personaje, y en lo que escribe como capítulos acumulativos de una narración coherente, de una cronología: la de su pensamiento. Al final hasta nos encontramos con un epílogo, menos común en los ensayos que en las novelas.

Hay que admitir que la idea es plausible, pero, sobre todo, atractiva: Borges escribiendo, a lo largo de 15 años y sin saberlo, la novela que nunca quiso escribir. Creo que le habría gustado que alguien se lo hiciera notar; lo imagino soltando una carcajada. El mérito no es editorial, pues fue él quien eligió los textos que compondrían la colección que terminó titulándose Otras inquisiciones. Eligió voluntariamente esos ensayos, pero aparentemente, esa voluntad obedecía a otra voluntad: la de la Literatura.

Tras haber leído el libro de principio a fin, compruebo que este amplio muestrario de la erudición y el genio del maestro podría ser visto aún desde otra perspectiva. Preferiría no exponer esta idea, por repulsiva, pero no puedo evitarlo: si Borges fuera nuestro contemporáneo y si, hipotéticamente, se hubiera dejado arrastrar por la revolución tecnológica, y si, de nuevo, hipotéticamente, tuviera un blog, este se llamaría "Otras inquisiciones" (¡qué nombre tan bello para un blog!) y todos esos magníficos ensayos serían sus posts. Posts, por otra parte, plagados de links externos, para paliar nuestra tremenda ignorancia frente a sus incontables referencias (claro que seríamos redirigidos a la odiosa e incorrecta Wikipedia, en lugar de la Encyclopaedia Britannica).

No quiero seguir, pero la idea de este Borges moderno empieza a hacerse divertida: si tuviera una cuenta en alguna red social, esta sería Goodreads: 30.000 libros leídos y contando (ya le haría competencia a ese otro hipotético y excéntrico muchachito llamado Sabato). Quizá también, muy de vez en cuando, usaría Twitter, iluminando con sus aforismos a sus escasos pero fieles seguidores. Facebook no, de ninguna manera. Basta, no sigo, no más. No quiero ofender la memoria del maestro ni ganarme, como ya les ha sucedido a otros, el desprecio de María Kodama. Solo era un torpe ejercicio de imaginación.



viernes, 30 de marzo de 2012

De mi reconciliación fallida con Facebook.

Aún no estoy completamente seguro de qué fue lo que me llevó a considerar volver a abrir una cuenta en Facebook. Quizás pensé que sería divertido analizar a modo de experimento las interacciones que la gente sostiene allí. Quizás quería darle una nueva oportunidad, ahora que las cosas entre Twitter y yo van bien. Mi desprecio por Facebook, que me llevó a dejarlo definitivamente hace 1 año, 3 meses, y 29 días, se extendió irracionalmente a todas las redes sociales, sin distinción, y me mantuvo alejado durante bastante tiempo de ese mundillo al que califiqué de fuente de todos los males. Sea como fuere, hoy, en un momento de desocupación extrema, decidí que tal vez la red social no era tan diabólica y que Mark Zuckerberg no era la representación de Mefistófeles. 

Era posible que estuviera exagerando, así que ingresé a facebook.com y empecé el proceso de registro; sin mayor complicación mi cuenta estuvo creada en menos de 2 minutos. Ahora debía completar mi perfil. ¿Perfil? ¿En qué se ha convertido todo esto? ¿Timeline? ¿Un recorrido a través de mi historia en la red para saber lo que he hecho cada día a cada hora? ¿Mi vida rastreada hasta el momento de mi nacimiento? Dejé eso del Timeline de lado. Quise introducir datos básicos en el perfil. En la categoría "Acontecimiento importante" encontré subcategorías, como "Empleo y educación", "Familia y relaciones", Hogar y vivienda", "Salud y bienestar" y "Viajes y experiencias". Todo esto ya me estaba mareando, pero no sabía lo que me esperaba al desplegar las subcategorías de estas subcategorías.

Nota: Algunas de estos "acontecimientos importantes" sencillamente rayan en lo absurdo; para ellos está reservada la categoría "¡Qué carajos!" (QC). El pecado de otros radica en su ridiculez y lo único que merecen como comentario son las sabias palabras de Peter Griffin: "Oh my God, who the hell cares?" (WTHC).   



Empleo y educación:
  • Nuevo trabajo 
  • Jubilación
  • Nueva escuela
  • Estudios en el extranjero
  • Trabajo voluntario (WTHC)
  • Servicio militar (QC)


Familia y relaciones:
  • Nueva persona conocida (WTHC)
  • Nueva relación
  • Compromiso
  • Matrimonio
  • Nacimiento de un hijo
  • Nuevo miembro de la familia
  • Nueva mascota (WTHC)
  • Fin de una relación (WTHC)
  • Pérdida de un ser querido (QC)


Hogar y vivienda:
  • Mudanza
  • Compra de casa
  • Remodelación
  • Nuevo compañero de cuarto (WTHC)
  • Nuevo vehículo


Salud y bienestar:
  • Donante de órganos (QC)
  • Superación de una enfermedad
  • Abandono de hábito nocivo 
  • Nuevos hábitos alimenticios
  • Pérdida de peso (WTHC)
  • Anteojos, lentes de contacto, otros (WTHC)
  • Fractura de un hueso (QC)


Viajes y experiencias:
  • Nueva afición (WTHC)
  • Nuevo instrumento musical
  • Aprendizaje de un idioma
  • Tatuaje o piercing (QC)
  • Nueva licencia (WTHC)
  • Viaje
  • Logro o premio (WTHC)
  • Cambio de creencias (QC)
  • Primera palabra, primer beso, otro (WTHC)
  • Nuevo deporte


Huelga decir que (casi literalmente) salí corriendo. Facebook no solo sigue siendo un hervidero de procrastinación (el verificador de ortografía me dice que esta palabra no está bien escrita y me sugiere como alternativa "prostitución"; quiero abrazar al verificador de ortografía), sino que se ha vuelto un remedo de autobiografía (involuntaria), una especie de novia intensa que no te deja ni respirar, que no contenta con saber, quiere categorizar absolutamente todo lo que haces, a todo momento. Lo peor de esto es que una enorme cantidad de gente ha accedido voluntariamente a vender su vida a cambio de un poco de atención social. Entren a un café Internet cualquiera y espíen a los usuarios: apuesto mi colección de discos de los Beatles a que el 85% de ellos están revisando Facebook o tienen una pestaña del navegador con Facebook abierto. Lo mismo pasará con cualquier persona usando una computadora o un smartphone. La red social ha revolucionado no solo la forma en que nos comunicamos, sino la forma en que nos relacionamos a nivel social. Si lo que haces no está en Facebook no existe, nunca sucedió. La única versión de tu vida que cuenta es la de Facebook. Todo lo que haces o piensas debe estar documentado inmediatamente en tu muro (ahora Timeline, perdón), pues debe ser aprobado (likeado) por tus amigos. Y un like  dice más que mil palabras, ¿no?

Suficiente de mis peroratas contra Facebook. Dejo las premonitorias palabras de George Orwell, quien ya lo dijo mucho mejor que yo en su genial 1984, una novela que lejos de haberse equivocado en su profecía de futuro, le ha atinado en lo más sutil, adelantándose con más de 60 años a la realidad que vivimos actualmente sin siquiera darnos cuenta (que es el verdadero objetivo de un sistema tirano y totalitario).



lunes, 30 de enero de 2012

Rescatando la primavera negra.

1. El contexto: A veces, el robo de un libro se da cuando menos lo esperas. Cuando se conjugan las condiciones ideales (por una parte, la disposición de las estanterías, al alcance de la mano debido a que la biblioteca se ha trasladado provisionalmente a un lugar muy estrecho por motivos de remodelación; y por otra, el descuido del bibliotecario, quien ingenuamente supuso que una vez satisfecho mi pedido podía irse tranquilamente a coquetear con la secretaria en la oficina de al lado), cuando todo esto se reúne, como he dicho, y además, se es un bibliocleptómano incurable, resulta que no robar  se convierte en un crimen que no podemos darnos el lujo de cometer. 

2. La metafísica: La confirmación de que el universo estaba conspirando conmigo para este robo en particular llegó cuando, al acercarme a la estantería, descubrí que se trataba de aquella que contenía las novelas en inglés que la universidad había adquirido para la Escuela de Lenguas. Pero esto no fue todo: el destino, como pronto veremos, también estuvo presente. No mentiré, no fue el primer libro sobre el que cayeron mis ojos, pero sí el segundo. Se trataba de Primavera negra de Henry Miller. ¿En dónde he visto la mano del destino? Pues en el hecho de que me encuentre leyendo El coloso de Marusi, también de Miller. ¿No es suficiente? ¿Son puras coincidencias? A mi me basta. Hace poco, conversando con un amigo que tuvo la mala suerte de iniciarse en Miller con la lectura de Sexus, concluimos que  los únicos libros de este autor que valían la pena ser leídos eran aquellos en los que el sexo no era el tema predominante, es decir, precisamente El coloso de Marusi, Días tranquilos en Clichy y Primavera negra. Si hay un dios de los libros (si no lo hay debemos inventar uno inmediatamente), su divina voluntad quiso que se perpetre este robo, de eso no me cabe ninguna duda. 

3. La descripción del objeto: Se trata de una edición de bolsillo, de tapas suaves de color azul marino y letras grises, de la editorial Grove Press, sumamente maltratada. Una breve inspección de sus páginas me permite colegir que quien la maltrató no fue un estudiante de mi universidad, sino más bien la gente que la leyó antes de que fuera donada por el servicio cultural e informativo de la embajada de los Estados Unidos. Hay frases subrayadas y palabras encerradas en círculos, todo con lápiz, pero estas flagelaciones (que denotan a un estudiante de idiomas tratando de comprender, buscando estructuras gramaticales y aquellas palabras que no entiende) no van más allá de la página 5. 

El ejemplar en cuestión está mucho más maltratado que este, pero  igual
pongo una foto de la edición para que la descripción tenga un sustento más visual. 


4. Justificación: En todo el tiempo que este libro llevaba en mi universidad, no fue sacado de la biblioteca más de una vez. En el argot de los ladrones de libros solemos decir que en un caso como este, el libro estaba pidiendo a gritos que se lo llevasen. El libro no existe hasta que no lo lean, ese es un hecho indiscutible. Los más ortodoxos consideran que es incorrecto robar en una biblioteca, pues se trata de un lugar en el que los libros están para ser leídos gratuitamente por quienes lo deseen, y que al llevarnos uno estamos negándole ese libro a muchos otros lectores potenciales. Permítanme reírme de los ortodoxos. Seamos realistas: este libro ha sido rescatado de un polvoriento y desolador olvido. 



viernes, 20 de enero de 2012

Encuentro con el Pájaro.

—¡Buenos días, señor Pájaro! 
Hola, ¿cómo te va? 
Ahí, en medio de unos trámites burocráticos, usted sabe como son las cosas en este país. 
Claro, claro. 
No estaba seguro de si usted era usted. Es un gusto enorme conocerle en persona. Soy un gran admirador de su obra. Lo leo semana tras semana en El Universo, cada mes en Mundo Diners y he leído un par de sus libros y los he disfrutado mucho. 
Gracias m'hijo. 
¿Puede firmarme un autógrafo? Por aquí tengo un esfero y... Sí, y esta agenda. 
Con gusto m'hijo. ¿Para quién te lo firmo? 
Andrés Borja, gracias. 
—¿No serás, por si acaso, nieto del narizón? 
No, no.
—Bueno, veamos... Con afecto, para... Andrés... en nuestro encuentro... casual... y fortuito. Pájaro Febres Cordero. Ya está, aquí tienes.
Muchísimas gracias, señor Pájaro. ¿Puedo decirle Pájaro? 
Por supuesto, m'hijo.
Bueno, entonces ¡que le vaya bien señor Pájaro! 
—¡Y que te vaya bien también, m'hijo! ¡Suerte con la burocracia y cuidaráste del excelentísimo señor presidente de la República!




Nota aclaratoria: Este encuentro ocurrió sólo en la imaginación del autor, mientras el mismo observaba, absorto, al Pájaro Febres Cordero sacar plata de un cajero automático. Mientras el cerebro del autor construía este diálogo ideal (cambiando una y otra vez la frase inicial), el Pájaro guardaba su tarjeta de débito en su billetera y se alejaba del cajero acompañado de su señora esposa. La incapacidad del autor para reaccionar adecuada y oportunamente, llevando a la realidad su fantasía, se debe sobre todo a su extrema timidez y a su tendencia a sobrepensar todo antes de actuar. El autor se arrepentirá y se culpará por este fracaso hasta el final de sus días. 




viernes, 6 de enero de 2012

El mal de Vila-Matas.

"Les mains de Paul Arma", foto de André Kertész.
Aparece en la portada de El mal de Montano, Editorial Anagrama, Colección Compactos.

Leer a Vila-Matas me está llegando a la cabeza. Eso por buscar culpables. Escribir en un blog suele servir para deshacerse de una obsesión; el acto de escribir es en sí mismo la purga de una idea que se ha vuelto omnipresente y que no nos deja vivir en paz, atormentándonos. Bien, el asunto es el siguiente: hasta hace un tiempo no tenía ningún problema en ser invadido por este tipo de ideas -hasta se podría decir que vivir con ellas se había vuelto mi estilo de vida- y un blog (alguna vez un cuento) era el espacio más adecuado para librarse de ellas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte (hará un mes, según mis cálculos), siento que de pronto estas ideas ya no me visitan. Probablemente sí me visiten, pero yo ya no soy capaz de obsesionarme con ellas, lo que las vuelve inocuas. Sin ideas invasoras apremiantes, sin capacidad para dejar que me envuelvan y me absorban, no puedo escribir más; simplemente no tengo sobre qué escribir. 

¿Por qué me preocupa haber perdido esta capacidad, que bien podría ser considerada una maldición? Ser asaltado por ideas que no le dejan a uno en paz -que ocupan todos sus pensamientos y alteran su percepción de la realidad- no parecería demasiado deseable. Es, a primera vista, una condición incapacitante. Pero no para mí (But not for me, que diría Chet Baker, favorito de Vila-Matas). Yo necesito de estas ideas no sólo para escribir (escribir, por lo demás, es un proceso secundario), sino para vivir, para dotar de sentido a los días. Mi nuevo estilo se ha vuelto exasperante: me levanto muy tarde, lo más tarde posible, y me paso el resto del día deambulando por la casa sin poder pensar en nada, sin fijar mi atención en nada, ni siquiera en mí mismo. Leo un par de horas, veo una o dos películas, navego por la red. Nada en mis lecturas, ni en las películas, ni en Internet me atrapa, ergo no tengo nada para escribir.

Quiero pensar que se trata de un estado pasajero, una fase que se mantiene debido a determinadas circunstancias, pero es más fácil pensar que todo esto no es más que una nueva idea obsesiva -sobre mi incapacidad para obsesionarme- y que mientras no escriba al respecto no me curaré y no me libraré de sus efectos paralizantes. Paralizantes porque esta situación me ha convertido en lo que Vila-Matas llama un "ágrafo trágico". No sé si la condición se pueda comparar al clásico "bloqueo del escritor". El asunto es que nada me atormenta, ningún tema me persigue ni me compele a sentarme y traducirlo en palabras, en ideas vagas que lo distorsionen pero lo asienten y de esta forma librarme de él. Ninguno excepto este. Es decir, el hecho de que ningún tema me obsesione. Obsesionarse con respecto a una incapacidad para obsesionarse. No tengo remedio.

Todo esto es muy Vila-Matas y por eso le he hechado la culpa. Estoy por terminar de leer "El mal de Montano", la metanovela del escritor barcelonés, ganadora del Premio Herralde en 2002. La he llamado metanovela porque además del clásico cruce de géneros vilamatiano (pasamos por el diario íntimo, el ensayo literario, la autoficción, y otros, inclasificables), en esta ocasión se habla, a partir del segundo capítulo, sobre la misma escritura de la novela: sobre su proceso, sus razones de ser, las circunstancias que inspiraron ciertos párrafos, las consecuencias de los mismos, todo sobre la marcha, y es esta descripción la que compone la trama fundamental (si es que se puede decir que hay una trama). Nunca estamos del todo seguros de quién es el autor, pues muta incesantemente a lo largo de la novela y nos revela que lo que contó en el capítulo anterior era ficción (y lo mismo capítulo tras capítulo). Lo único que se mantiene intacto es su enfermedad, el mal de Montano, la cual se puede definir como la condición en la cual un individuo está enfermo de literatura. Onetti la llamó literatosis. Gabriel Ferrater dijo que quienes la sufrían se llaman letraheridos. Y probabemente haya recibido más nombres a lo largo de la histroria. Vila-Matas siente que está enfermo de literatura y por eso escribe esta novela, en la que descarga y agota el tema para intentar curarse. Lo lamentable de esta condición es que escribir -único recurso al alcance de quienes la sufren- sólo sirve para empeorar los síntomas. 

El mal de Montano es todo lo contrario al mal de Bartleby, abordado en otra novela de Vila-Matas, y que consiste en la incapacidad de un escritor para seguir escribiendo, una renuncia a la literatura que a veces es voluntaria y que obedece a motivos que por lo general son elevados (por ejemplo, considerar que ya todo lo que valía la pena ser escrito ha sido escrito). Yo no sufro de ninguno de los dos, no de momento. Sufro de otra condición que llamaré el mal de Vila-Matas. Y no porque Enrique sea ejemplo ni culpable directo de lo que me sucede, sino por simple capricho y porque suena bien. Está bien, no sólo por eso. Quizás es porque sus obsesiones se están volviendo mis obsesiones; mis únicas obsesiones. Quizás es porque desde que lo leo, me voy apropiando de sus ideas y de su estilo, lo voy incorporando a mí y eso me permite escribir, aunque sólo sea sobre mi incapacidad para escribir. Aunque sólo sea sobre mi obsesión de no poder obsesionarme.




jueves, 17 de noviembre de 2011

Del bluff cultural (y sus alrededores)*.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: 
Harold Bloom, J.M. Coetzee, Aldous Huxley y  Natalia Ginzburg. 



A los expertos en la obra de Archimboldi (en la primera parte de la novela cumbre de Roberto Bolaño, 2666) se les cuestiona en un momento de la trama: "[…] ¿hasta qué punto alguien puede conocer la obra de otro?"**. Pelletier, Morini, Espinoza y Norton son críticos literarios que han estudiado la obra de Benno von Archimboldi a fondo; conocen cada una de sus novelas, las han leído y releído incontables veces, han escrito al respecto y asisten a congresos internacionales de literatura en donde dan conferencias sobre la obra archimboldiana. Pero, ¿podrían proclamar, sin miedo a equivocarse, que conocen la obra del alemán? Ellos no son bluffers culturales. Ellos saben de lo que están hablando y tienen todo el derecho de hacerlo. Se han sumergido en la obra de su ídolo como pocos. Pero, ¿la conocen de verdad? La pregunta queda sin respuesta. El siguiente fragmento de la novela de Bolaño explica impecablemente los problemas de esta imposibilidad:

–A mí, por ejemplo, me apasiona la obra de Grosz –dijo indicando los dibujos de Grosz colgados de la pared–, ¿pero conozco realmente su obra? Sus historias me hacen reír, por momentos creo que Grosz las dibujó para que yo me riera, en ocasiones la risa se transforma en carcajadas, y las carcajadas en un ataque de hilaridad, pero una vez conocí a un crítico de arte a quien le gustaba Grosz, por supuesto, y que sin embargo se deprimía muchísimo cuando asistía a una retrospectiva de su obra o por motivos profesionales tenía que estudiar alguna tela o algún dibujo. Y esas depresiones o esos períodos de tristeza solían durarle semanas. Este crítico de arte era amigo mío, aunque nunca habíamos tocado el tema Grosz. Una vez, sin embargo, le dije lo que me pasaba. Al principio no se lo podía creer. Luego se puso a mover la cabeza de un lado a otro. Luego me miró de arriba abajo como si no me conociera. Yo pensé que se había vuelto loco. Él rompió su amistad conmigo para siempre. Hace poco me contaron que aún dice que yo no sé nada sobre Grosz y que mi gusto estético es similar al de una vaca. Bien, por mí puede decir lo que quiera. Yo me río con Grosz, él se deprime con Grosz, ¿pero quién conoce a Grosz realmente?***

La señora Bubis, autora del comentario anterior, tampoco es una bluffer cultural, o quizás lo es, pero admite su condición; se dá cuenta de que sus impresiones con respecto a la obra de determinado autor no son suficientes para declarar que la conoce. Hay una limitación fundamental en nuestro intento por interpretar el arte, y debemos admitirla. Hay un abismo (¿insalvable?) entre nosotros (como público) y el autor/artista. Pero seguimos alimentándonos de sus obras, y aunque objetivamente nunca lleguemos a conocerlas, en el estricto sentido del término, las disfrutamos igual. El problema está en pretender conocer dichas obras al hablar sobre ellas.

Usamos los nombres de autores de los que apenas sabemos eso, sus nombres, y a veces, solo a veces, un libro leído, una película vista una sola vez, un cuadro mirado de pasada, y nos declaramos expertos en su obra. Es verdad, no lo hacemos expresamente, pero sí de manera tácita al atrevernos a hablar o comentar dicha obra. No tenemos derecho. Quizás como críticos de arte (como el amigo de la señora Bubis) tengamos cierta licencia, un título y algunos estudios que nos avalan, que nos conceden ese derecho de manera oficial. En esa posición, uno tendría más derecho a hablar o comentar, pero el abismo sigue siendo abismo y no hay manera de reducir su vastedad.

Dos certezas: a) es tan fácil hablar de aquello que no conocemos. Y b) conocer una o dos obras de un autor equivale a no conocer nada. Pero como ya hemos visto, aun conociéndolas todas a cabalidad, seguimos sin conocer su obra realmente. (Esa podría ser una tercera certeza.) Sin embargo, hacerse pasar por conocedores de las obras de diversos autores es una práctica harto extendida hoy en día. En un intento por abofetear al adversario con nuestras referencias culturales, mencionamos cierto libro (o cuadro, o tema musical, o película, o cualquier forma de arte, realmente) y entonces nos sentimos vencedores. A veces, incluso citar es ya bluffear culturalmente, dependiendo de quién cite.

Tratar de escapar de esta condición de bluffers no es fácil. De hecho, es parte esencial del proceso de formación de un estudiante universitario (sobre todo en carreras sociales o vinculadas con las artes) o de un artista pecar de bluffing de vez en cuando, hasta alcanzar cierto nivel, cierto estatus. El ideal sería ir adquiriendo más bagaje cultural a medida que progresamos, absteniéndonos en lo posible de hablar u opinar de ciertos autores mientras no tengamos un conocimiento más o menos cabal y formado de su obra. Para algunas personas (los cultosos por naturaleza) esto significaría dejar de hablar en absoluto. Intentarlo es ponerse a prueba, un reto complicadísimo que requiere mucho esfuerzo y sobre todo autocontrol, pero es un ejercicio que nos vuelve más honestos, incluso con nosotros mismos, con respecto a aquello que conocemos.

Suficiente. No nos engañemos, el bluff cultural es inevitable, se da a todo nivel, en todo lugar. Internet está lleno de bluffing. Sin ir más lejos, ¿qué mejor muestra de bluffing cultural que un blog? Cuando detrás de la razón de ser de un blog se ocultan todavía deseos de exhibicionismo (adquiridos y amplificados en las redes sociales), todas sus entradas serán intentos por demostrar al mundo que el autor conoce sobre tal o cual tema. Y cuando los principales temas tratados en un blog hacen referencia al arte… Bueno, se entiende el punto, ¿no? Es probable que el bluff cultural sea un mal propio de la modernidad o de la posmodernidad; un sociólogo me podría ayudar a aclarar esta duda. De todas formas, está aquí, y aunque soy partícipe del mismo, no me canso de criticarlo.


*Quienes conozcan la obra de Julio Cortázar (aunque sea de manera somera) se darán cuenta del bluff que el título de esta entrada representa en sí mismo. 

**Bolaño, Roberto. 2666. Barcelona: Editorial Anagrama, 2004; pp. 37 (los signos de interrogación son míos).

***Ibid. 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sobre otro apocalipsis superado (lamentablemente).


Y no. No se acabó. No desapareció. Facebook sigue más grande y fuerte que nunca. Como dice Eduardo Salles en cinismoilustrado.com: "Aún tendremos muchas horas de sano chisme y procrastinación". No encuentro mejores palabras. No hay mejor manera de destruirlo que estar fuera. Mantengo mi posición con respecto a la famosa red social. No respeto a sus usuarios. Los compadezco. Estoy mucho mejor evitándome leer esto a diario:


sábado, 5 de noviembre de 2011

Point d'ironie - El signo de puntuación que andaba buscando.




La puntuación y la ortografía siempre serán temas que muevan fuertes pasiones. Bueno, hablo por mí y por lo que considero el cada vez más reducido gremio de los vigilantes de la correcta sintaxis. Nada me enoja más que encontrar faltas de ortografía o errores de puntuación en letreros, anuncios o documentos oficiales. Sé que no estoy solo (o quiero creerlo), pero también sé que cada vez somos menos y que esta guerra es una guerra perdida. ¿Cómo luchar contra esto cuando las principales formas de comunicación hoy en día propician la escritura apresurada e incorrecta? A lo mejor es eso, pero también se lo debemos al declive de la lectura. Es un hecho: quien no lee con asiduidad no va a escribir correctamente. Pero, ¿por qué defender una causa perdida? No me voy a engañar, la razón es sencilla: me hace sentir superior; alimenta mi ego.

No quiero hablar sobre esta guerra (si se le puede llamar así) o sobre mi aparente complejo de inferioridad compensado con mi manía por corregir faltas. Quiero hablar sobre una nueva gama (o familia) de signos de puntuación que acabo de descubrir y que me parece de lo más útil. Por supuesto, esto interesará a aún menos gente; habrán quienes defiendan la ortografía y la correcta puntuación y que, sin embargo, no se interesen por esto o lo consideren una exageración. De nuevo, recordemos que hay un complejo de inferioridad subyacente y, por tanto, cualquier cosa que me haga sentir único o especial me sirve [sin ir más lejos, este blog es una enorme compensación del complejo].

Al grano: lo que he descubierto es algo que se ha venido a llamar "snark" o, en su original francés, "point d'ironie".  Se trata de un signo de puntuación inventado en 1580 por el impresor inglés Henry Denham, como un mecanismo para aclarar que una pregunta es retórica (es decir, que no necesita respuesta). No es de extrañarse que este signo haya surgido cuando la imprenta nacía y no más tarde; los signos de puntuación en general datan de esa época, pues, aunque no lo crean, antes de la invención de la imprenta la puntuación no existía. Los primeros manuscritos no llevaban comas, puntos, punto y coma, signos de interrogación o admiración ni nada. Todo se escribía de corrido. El asunto es que en los siglos XV y XVI, en un intento por aclarar el sentido de muchos textos, los impresores fueron los primeros en sugerir los signos de puntuación como hoy los conocemos.

Bueno, no exactamente. La cantidad de signos de puntuación que aparecieron entonces era abrumadora. Los habían para cada aspecto o matiz de la comunicación. Y por supuesto, un aspecto infaltable es la ironía y el sarcasmo. Entonces surgió el snark. Dado que en su concepción original servía para indicar que una pregunta es retórica, su representación gráfica vino a ser un signo de interrogación invertido; no puesto de cabeza, sino  como reflejado en un espejo. Hablo de concepción original porque este peculiar signo no duró demasiado tiempo. Al igual que muchos otros surgidos en su tiempo, cayó en desuso, quizás porque su uso era demasiado específico. Pero en 1899, el poeta francés Alcanter de Brahm (alias Marcel Bernhardt) lo revivió, esta vez dándole el uso más restringido de indicador de ironía; indicador de que determinada frase debía ser entendida en otro nivel, en otro sentido.

No sé si es solo mi opinión, pero un signo de puntuación que ayude a denotar sarcasmo es una de las cosas más útiles en la comunicación escrita hoy en día. Es obvio: en el lenguaje escrito no hay tono, ni gestos, ni miradas; el sarcasmo es a veces indetectable. Y es a su vez, como ya dije antes, un aspecto esencial de la comunicación. Lo es para mí. ¿Qué sería del mundo sin sarcasmo? El sarcasmo es la esencia de una conversación estimulante. El sarcasmo es… Se podrían escribir odas al sarcasmo. Claro, también es un refugio para la gente con complejos de inferioridad disfrazados de complejos de superioridad. Me declaro culpable.

Actualmente, en lenguaje de Internet, la forma popular de representar sarcasmo o ironía es colocar un "/s" al final de la frase. En Twitter va ganando aceptación el hashtag #sarcasm. Pero, ¿se puede usar el snark propiamente dicho? Bueno, en Windows el caracter puede ser representado usando el código Alt 1567. Es útil; por mi parte voy a empezar a usarlo con frecuencia y ver qué resultados da. Ahora me voy a tomar un buen café instantáneo y descafeinado, lo mejor que hay ⸮

jueves, 3 de noviembre de 2011

1001 libros que tienes que leer antes de morir (o nuestra sempiterna condición de "no-lectores").


La cantidad de libros por leer siempre será superior a la de los libros leídos. Es un hecho. Es horroroso, como para darnos pesadillas o recluirnos en un cuarto acolchado, pero vivimos con eso, ignorándolo, como con tantos otros miles de hechos perturbadores. Esta idea la saqué de la lectura de la contratapa del libro "Cómo hablar de los libros que no se han leído" de Pierre Bayard. Lo admito: tampoco he leído ese libro, pero está en mi cada vez más grande (y creciente hasta el infinito) lista de pendientes. Con qué objetivo leer sabiendo de antemano que esta vida no nos va a alcanzar para leerlo todo. Ni esta ni ninguna. 50 Petabytes: eso pesan todos los trabajos escritos por la humanidad a través de la historia traducidos a todos los idiomas. Son como 1.000.000.000.000.000 de bytes. Es una cantidad absurda. Es una cifra que nos condena a ser eternos "no lectores". Pero, ¿es el deseo de todo lector (o no lector, como prefieran) abarcarlo todo? ¿tenemos la ingenua aspiración de devorar todos los libros que existen? Incluso si nos ponemos quisquillosos y admitimos que nos restringiríamos a la literatura (a la narrativa en particular), el objetivo sigue siendo inalcanzable. 

No creo que alberguemos esa pretensión. Leemos y leemos libros y mientras estamos embarcados en la lectura de cada uno nos olvidamos de La Literatura. Sin embargo, siempre hay algo así como un sentimiento de culpa, un perpetuo autorreproche por lo que no leemos. Por no haber leído el "Ulises" de Joyce, por ejemplo. O "Guerra y Paz". O "Mobby-Dick". Incluso el Quijote. Decimos "ya lo leeré, está entre mis pendientes, ahora no tengo tiempo". Y no solo ocurre con novelas totales, descomunales o clásicas. Hay una enorme cantidad de libros que conocemos, sabemos que están ahí y a lo mejor nunca leeremos. Conocemos la bibliografía completa de muchos escritores y con eso nos basta. He ahí mi autorreproche. Con todo esto parece que justificara mi condición de "no lector". Esta es una entrada dedicada a castigarme y así, de alguna manera, sentir que he expiado mi culpa.