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jueves, 11 de diciembre de 2014

"Mason & Dixon", de Thomas Pynchon.



     Volví a Pynchon como quien vuelve a probar una droga querida cuyos efectos conoce bien y disfruta de sumergirse en ellos de vez en cuando, como para experimentar la realidad de otra forma, aunque solo sea mientras duran. Y aunque la experiencia fue similar a las anteriores (empecé fumando la ligera pero exquisita "La subasta del lote 49" y poco después me creí listo para arriesgarme con la mucho más hardcore "El arco iris de gravedad"), tuvo una particularidad que al principio me sorprendió, porque pensé que me habían estafado. Suficiente con las metáforas drogadictas. 

     Estamos en el siglo XVIII, la Era de la Razón; la Ilustración está metida en todos los rincones, la ciencia está naciendo y está tratando de abarcarlo todo con sus explicaciones. Newton, Halley, Hooke y todos esos hombres que cambiaron la historia de la ciencia... acaban de hacerlo. De esta esquina tenemos a Charles Mason, un astrónomo de segundo orden, melancólico, apenado por la reciente muerte de su Rebekah. De la otra está Jeremiah Dixon, agrimensor, un tipo alegre que contrasta muy bien con quien se convertirá en su compañero de trabajo y aventuras. La Royal Society (o eso quieren que creamos: con Pynchon nunca sabes quién está detrás de los hilos que mueven los destinos de sus personajes) los contrata para observar el tránsito de Venus desde Santa Elena, África, en el año 1761, como parte del equipo británico en la primera gran empresa científica a nivel internacional. Pero esta es solo una prueba para la verdadera misión que cambiaría la vida de los protagonistas y los catapultaría a la historia. 

     Esa misión se desarrollará en América, en donde deberán trazar una línea divisoria entre los estados —entonces colonias británicas— de Maryland y Pennsylvania. La aventura, que se desarrolla a lo largo de cuatro años, ocupa el grueso del libro, con todas las locuras que solo la imaginación de Pynchon puede aportar a un hecho histórico que, por lo demás, podría pensarse aburrido hasta el hartazgo. Un perro sabio que habla, la pata autómata de Vaucanson que adquiere vida propia y se convierte en la primera forma de inteligencia artificial, una huerta con verduras del tamaño de casas, relojes que mantienen conversaciones respecto a sus destinos, apariciones de algunos padres fundadores como Washington y Franklin en situaciones hilarantes, golems gigantes, fantasmas aterradores y otros más bien amigables, entre otras tantas ocurrencias, todo esto mientras los héroes avanzan hacia el misterioso, peligroso e inexplorado oeste, en contra de su voluntad y solo por amor a la ciencia.



     La línea que trazan terminará convirtiéndose —sin que ellos lo sepan— en el límite entre los estados unionistas del norte y los confederados del sur, la división entre los esclavistas y los abolicionistas que más tarde se enfrentarán en la Guerra de Secesión; la esclavitud y otros temas políticos, éticos y hasta teológicos son tratados con maestría en medio de todas las locuras que suceden. Así que Pynchon usa una historia casi olvidada y sin trascendencia para darnos clases de historia americana, astronomía, geología, agrimensura, diplomacia y hasta magia y espiritismo. Dije al inicio que al empezar a leer el libro me llevé una sorpresa. Era el mismo Pynchon de siempre pero narraba con una voz que no le conocía. Desde luego, me había olvidado que el muy genio, para lograr un efecto total en sus novelas, se mete completamente en la época en la que suceden sus historias, y ¿cómo contar una historia del siglo XVIII si no es usando el lenguaje de entonces? Una vez que te acostumbras estás de nuevo de la mano del viejo Pynchon, quien te hará reír a carcajadas como siempre mientras te enseña una cosa o dos. 

     Es una novela llena de ingenio y de pasión. Se disfruta todo el tiempo y no es tan oscura e intrincada como otras obras del autor, lo que no quiere decir que no sea demandante. No me lo esperaba, pero se convirtió en mi Pynchon favorito hasta el momento. Por ahora me desconecto de su frecuencia y vuelvo al sobrio y aburrido mundo real. Hasta la próxima dosis, Tom.



lunes, 29 de abril de 2013

"The adventures of Huckleberry Finn", de Mark Twain.





Mi primera impresión tras terminar la lectura de Las aventuras de Huckleberry Finn fue que me había tardado muchos años en descubrir este libro. Pensé (y pensaba a medida que lo leía) que debí haberme acercado a él cuando aún era un púber, cuando podía identificarme mejor con Huck Finn, en fin, cuando era un muchacho más inocente. De eso iba a tratar esta reseña: de la importancia de esta novela como lectura iniciática, de cómo me aseguraré de que mis hipotéticos y poco probables futuros hijos y nietos lo lean  (junto con Alicia, El Principito y El Hobbit) antes que ningún otro libro. Ahora lo pienso bien y decido que no, que las aventuras de Huck Finn o de Tom Sawyer (que hace un cameo en este libro y que, por cierto, me cae muy mal) no son literatura infantil o juvenil en absoluto, más bien son historias muy duras, difícilmente digeribles por un niño. De pronto entiendo la intención de Mark Twain: que el lector se parta de la risa. Este es un libro para leerse con mucho sentido del humor, pero esto solo se consigue observando a sus personajes desde fuera, desde la imposibilidad de cualquier  identificación, desde las alturas sin retorno de la vida adulta. 

He perdido la cuenta de cuántas novelas han sido ennoblecidas con el rimbombante título de "La Gran Novela Americana". Al respecto, mi opinión es que hay una gran novela americana por cada década de la cambiante historia de ese país, una obra de ficción que representa todo lo que Estados Unidos fue durante determinados diez años; después de eso la misma historia ya no sería representante fiel de la realidad. 

Esta es, sin asomo de duda, una de esas novelas: en ella tenemos la oportunidad de echar un vistazo a los Estados Unidos previos a la Guerra Civil a través de los ojos de un niño que viaja por el Mississippi río abajo (creyendo que está viajando río arriba) en compañía de un esclavo negro al que ha ayudado a escapar. Huck y Jim, prófugos, ingenuos y blanco fácil de infinidad de peligros, se embarcan en una aventura épica de la cual no cualquiera habría salido vivo. Si ellos se salvan es precisamente debido a las características que en apariencia los hacen más vulnerables. Y claro, gracias a la perspicacia y la habilidad para mentir del buen Huck. Pese a que en ocasiones podría confundírsela con una novela moral, Twain deja bien claro desde el principio, en una genial advertencia introductoria, que cualquiera que intente encontrar lecciones, razones o incluso una trama en su narrativa, será juzgado, desterrado y hasta podría recibir un disparo. La misma advertencia debería abrir toda obra literaria.


Un pensamiento aislado que no puedo reprimir: me gusta confundir la realidad con la ficción, pero me gusta más confundir la ficción con la ficción, entrelazar historias que nunca sucedieron. Así me he convencido de que uno de los hijos del viejo Jim terminó por convertirse en Django "Freeman", el prócer de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos (remitirse al último film de Tarantino). 

Y un consejo final: hay que leerla en inglés. No quiero ni pensar cómo acometieron la traducción de un texto con tantos dialectos (están el dialecto de Jim y de los negros de Missouri, la variedad de acentos sureños en algunos personajes), pues el autor también explica, antes de iniciar, que no los ha transcrito al azar o por adivinanza, sino tras un muy arduo esfuerzo y gracias a su experiencia y familiaridad con los mismos. Esto puede resultar confuso al principio, sobre todo para un lector que viene de otro idioma, pero pronto se vuelve divertido y nos permite imaginar con más detalle los diálogos y así tener una experiencia más completa. Es lamentable lo mucho que se pierde en cualquier traducción, pero estoy convencido de que en esta en particular se pierde mucho más.


jueves, 31 de enero de 2013

"Las correcciones", de Jonathan Franzen.





"La Gran Novela Americana Contrmporánea". Eso resume lo que pienso de Las correcciones y debería bastar como reseña. Pero me voy a extender justificando esta apreciación. No sé si Franzen se lo propuso al escribirla, pero estoy seguro de que lo consiguió. Sí, David Foster Wallace y su Broma infinita  me gustan mucho más y no voy a discutir su complejidad superior (y muchas otras características que la hacen única y merecedora de todos los elogios) pero, a pesar de tratarse de autores contemporáneos y hasta amigos entre sí, no considero que sean novelas comparables. Estoy hablando de una novela que refleje las características de los Estados Unidos en este momento, en este siglo, en este zeitgeist, y Las correcciones lo consigue magistralmente al traducir la realidad completa y actual de todo un país a través de las vicisitudes de una familia: los Lambert. Eso es para mí "la Gran Novela Americana Contemporánea" (título horriblemente pomposo, pero nunca mejor merecido).

Todos los elementos están presentes:

  • El patriarca, Alfred, que forjó los cimientos de la familia, típico macho norteamericano, corpulento, listo (es interesante descubrir que leía a Schopenhauer en su juventud), machista, terco. Somos testigos de su auge y de su humillante pero inevitable caída. A su alrededor crece y florece el resto de la familia, gracias a él, directa o indirectamente, todos son lo que son, estén o no dispuestos a admitirlo.  
  • Luego está Enid, la madre, la esposa, la histeria en vida. Enid es todo emoción, la contraparte del intelectual y serio Alfred. Pasa su vida permitiendo que este la corrija, aceptando sumisamente la culpa de todo lo que ha ido mal pero sabiendo que es su esposo quien debería hacer las cosas de otra manera. Deposita todas sus esperanzas (engendradas en la frustración de su propia vida) en sus tres hijos. 
  • Gary, el mayor, es el más exitoso desde los parámetros norteamericanos y, sin embargo, el menos satisfecho. Aun cuando sus padres deberían estar orgullosos de él por haber alcanzado todo lo que se esperaba y más, vive en constante conflicto con estos pues ellos son los que, mientras envejecen, no se ajustan a los estándares materialistas de este hijo. Gary lucha contra el diagnóstico de depresión clínica, dado por Caroline, su esposa, y se empeña en demostrar que todo en él está bien, con resultados casi catastróficos.
  • Le sigue Chip, una amalgama entre intelectual-artista-profesor. Un cliché. Es el fracasado de la familia (según la opinión de sus hermanos, porque sus padres le tienen en alta estima). Después de casi tocar fondo, huye hacia Lituania a la primera oportunidad y se embarca en un trabajo para el que no tiene ninguna experiencia y que sin embargo le permite vivir mucho mejor de lo que jamás pudo en Estados Unidos. Pero tarde o temprano tendrá que volver y enfrentarse a la realidad. Quizás el único hijo al que no le importan en lo más mínimo las expectativas de sus padres; vive de manera hedonista, para sí.
  • Finalmente está Denise, la última hermana. Denise, la insegura, la que no sabe lo que quiere, la que hace todo lo que hace por satisfacer a sus padres, buscando un equilibrio con lo que ella desearía para sí misma. Se debate entre el éxito profesional y su dubitativa orientación sexual. Adora a sus padres y reprende a sus hermanos cuando estos los desvaloran. Denise parece la más sana y estable, pero debajo de su cara bonita hay mucha oscuridad. 

Por separado, todos estos personajes son magníficamente construidos; su psicología es de las cosas mejor elaboradas que he visto en ficción. Me he tomado la molestia (que en realidad fue un placer) de retratarlos brevemente porque están muy frescos en mi mente y siento que los conozco muy bien. Muchas de las reseñas negativas sobre la novela hacen referencia a lo insoportables que pueden llegar a ser los personajes. Estoy de acuerdo con esa opinión, pero es necesaria una acotación: son insoportables porque se parecen mucho a nosotros, a esa parte de la que no nos gusta presumir, porque muestran la realidad dura y pura de un ser humano habitante del siglo XXI. ¿Y cuál es el trabajo de la buena ficción? Ese, precisamente. Así que si los personajes son incómodos, es porque la realidad, desprovista de todo maquillaje, es terriblemente incómoda.

He dicho todo esto en relación a los personajes por separado, analizándolos uno por uno, lo cual, de entrada, es un error. Desde el principio está claro que todos ellos, como familia, se definen mutuamente. La dinámica familiar retratada por Franzen es hermosa en su complejidad. Cualquiera que tenga familia (lo que equivale a decir "cualquiera que tenga sangre") se sentirá reflejado en al menos una de las escenas que muestran las relaciones entre los miembros de esta "adorable" familia. De hecho toda la trama (no lineal) va poco a poco convergiendo en el capítulo final: la reunión para la última cena de Navidad, que como clímax no decepciona.

¿Hablo sobre el título? De acuerdo. Es evidente, a medida que vas conociendo a los personajes, que todos están buscando cambiar algo en ellos mismos o en los otros (o hacer lo uno a través de lo otro, que es más común). Mejorar, arreglar, corregir. Sucede a lo largo de toda la novela, con referencias directas o veladas. Mi favorita, por ser una especie de broma (y eso siempre me recuerda a David Foster Wallace) es la del procedimiento neuroquímico que se supone que curará el Parkinson de Alfred y con ello mejorará la vida de todos: su nombre es "Corecktall" (pronúnciese correct all). Lo último que quiero es buscarle moraleja a la historia, pero aquí va una idea final: reconocer que hacer correcciones es algo inherente a nuestra naturaleza es reconocer que somos imperfectos y que sin importar lo bien o mal que nos vaya en la vida, nunca nos cansamos de corregir, nunca estamos conformes. 

La Gran Novela Americana, al menos de la primera década de este siglo, se llama Las correcciones. Esto puede gustar a unos y fastidiar a otros, pero es un hecho. Opinen lo que quieran.




miércoles, 16 de enero de 2013

Primer y anticipado vistazo a "Las correciones", de Jonathan Franzen, en vista de la polarización de la crítica.




No creo haberme encontrado antes con una novela que generara opiniones tan polarizadas como las que genera Las correciones, de Jonathan Franzen. Por las críticas que voy leyendo en todo Internet (sí, soy de los que leen críticas antes, durante y después) me voy dando cuenta de que es uno de esos libros que amas u odias. No me meto con el autor; ya sé que algunas de esas reseñas están escritas con un odio visceral hacia Franzen por una u otra razón, uno que otro escándalo gringo, algo relacionado con Ophra Winfrey y un programa de televisión que por suerte nunca he visto y ahora, con toda seguridad, nunca veré. Yo me meto con la obra, con su contenido y su calidad, si es que la hay. Y resulta que hasta el momento hay calidad, y mucha. Estoy aproximadamente en la mitad de la novela y no encuentro ninguna razón para abandonarla. La narrativa es impecable, los personajes extremadamente bien construidos, la trama no lineal (que se desarrolla sobre todo en las cabezas de los personajes) es muy atractiva y en fin, la novela va bien y si sigue a este ritmo va a estar entre mis favoritas. Claro que podría perder fuerza y podría empezar a volverse aburrida y el final podría decepcionar. Pero ese es el riesgo de toda lectura.


"Jonathan Franzen es David Foster Wallace con Rivotril." —Yo, en Twitter

Creo que de Franzen se espera demasiado, por haber sido amigo de David Foster Wallace, por formar parte (aunque a muchos incomode) de la narrativa norteamericana posmoderna, por haberle escuchado compararse con Pynchon, De Lillo y Roth. Franzen es un escritor bueno (muy bueno, diría yo) de quien se epera genialidad, pero ese estándar de genialidad no está muy bien definido y está bastante marcado por el esnobismo y el elitismo literarios, muy de moda. Y es curioso que sus mayores detractores no se den cuenta de cómo caen en el mismo error del que le acusan: la arrogancia. Yo hablo por Las correcciones, que creo (y todos estarán más o menos de acuerdo) que es su Opus Magnum. Por ningún otro libro. Pero es mejor no adelantarse mucho; no quisiera retractarme en el siguiente post, una vez que termine la novela, y terminar uniéndome a ese coro de voces que abuchean a Jonathan Franzen incansablemente. Francamente lo dudo, pero ya se verá.


jueves, 22 de noviembre de 2012

"Tu rostro mañana", de Javier Marías (fragmento).




Las separaciones de esta índole no tienen sentido, por normales que se hayan hecho en el mundo desde hace ya mucho tiempo. Uno se pasa años girando en torno a una persona, contando con ella en todo instante, viéndola a diario como si fuera una prolongación natural de sí mismo, llevándola incorporada en sus andares y en sus ocupaciones, en sus divagaciones y hasta en sus sueños. Pensando en contarle la menor nimiedad que haya presenciado o que le haya ocurrido (...) Uno es con esa persona (...) Tiene un conocimiento de sus pensamientos y preocupaciones y actividades permanentemente renovado, detallado y constante; sabe cuáles son sus horarios y sus costumbres, a quiénes ve y con qué frecuencia; y cuando al caer la tarde uno se encuentra con ella los dos nos contamos lo que nos ha pasado y lo que hemos hecho durante la jornada, en la que ninguno abandonó del todo la conciencia del otro en ningún momento, y a veces esos relatos son pormenorizados; después se acuesta uno con ella y es lo último que ve en el día, y —lo que es más extraordinario— se levanta también con ella, que sigue ahí por la mañana, al cabo de las horas privadas, como si fuera uno mismo, que jamás se marcha ni desaparece y a quien nunca perdemos de vista; y así un día tras otro a lo largo de muchos años.
 
Y de pronto —aunque no es "de pronto", pero así parece una vez consumado el proceso y asentado el alejamiento: de hecho es "muy poco a poco" y además vimos su inicio, pero sin querer enterarnos—, uno pasa a no tener noción de lo que esa persona piensa, siente y hace cotidianamente; transcurren días y semanas enteras sin que haya apenas noticia, y ha de recurrir a terceros —quienes solían saber mucho menos: en comparación con uno, nada— para averiguar lo más básico: qué vida lleva, a quién ve, qué la angustia, con quién sale, si tiene un dolor o se ha puesto enferma, si su ánimo es ligero o nublado, si le han dado un disgusto o le han hecho daño, si el trabajo la agota o la agobia o le trae satisfacciones, si teme el envejecimiento, cómo ve el futuro y cómo contempla el pasado, de qué modo me mira a mí ahora; y a quién quiere.

No tiene ningún sentido que se pase del todo a la casi nada, cuando nunca dejamos de recordar y en lo fundamental somos los mismos. Todo es ridículo y subjetivo hasta extremos insoportables, porque todo encierra su contrario: las mismas personas en el mismo sitio se aman y no se aguantan, lo que era afianzada costumbre se vuelve paulatinamente o de pronto —tanto da, eso es lo de menos— inaceptable e improcedente, quien inauguró una casa encuentra prohibida la entrada en ella, el tacto, el roce tan descontado que casi no era conciencia se convierte en osadía u ofensa y es como si hubiera que pedir permiso para tocarse uno mismo, lo que gustaba y hacía gracia se detesta y estomaga y se maldice y revienta, las palabras ayer ansiadas envenenarían el aire y provocarían náuseas, no quieren oírse bajo ningún concepto, y las dichas un millar de veces se intenta que ya no cuenten.
 
Borrar, suprimir, desdecirse, cancelar, y haber callado ya antes, esa es la aspiración del mundo y así nada es o nada es nada, las mismas cosas y los mismos hechos y los mismos seres son ellos y también su reverso, hoy y ayer, mañana, luego, y antiguamente. Y en medio no hay más que tiempo que se afana por deslumbrarnos, lo único que se propone y busca y así no somos de fiar las personas que por él aún transitamos, tontas e insustanciales e inacabadas todas, sin saber de qué seremos capaces ni lo que al final nos aguarda, tonto yo, yo insustancial, yo inacabado, tampoco de mí debe nadie fiarse.
 
 

domingo, 28 de octubre de 2012

Dos novelas.



Esta reseña se va a terminar cuando mencione el nombre del autor de los libros sobre los que trata. Podría hacerlo ahora mismo y así ahorrarles una retahíla de impresiones sensibleras y subjetivas, pero no lo haré. Sigan leyendo, a menos que su curiosidad u holgazanería (o las dos cosas juntas) no se los permitan; entonces salten al final. 

Leí dos novelas en esta semana. Lo hice como si coqueteara con ellas, como si fueran amantes o amoríos de una noche (en uno de los casos fue en efecto un amor de una noche, o de una madrugada, para ser más exactos). Las leí para darme un respiro, para probar por un momento muy breve un sabor diferente al que estaba acostumbrado en el último par de meses. Todos lo hacemos de vez en cuando y viene bien, para refrescarse. El problema está cuando te gusta y quieres quedarte. Pero eso no pasa con estas novelas. Desde que empiezas sabes que no perdurarán. Abres sus páginas y las consumes con tal avidez, con tal desesperación, que casi no puedes respirar. Se disfrutan enormemente, claro, como cualquier one-night-stand, pero desde el principio se tiene la certeza absoluta de que no van a ser más que eso, no pueden serlo. A lo mejor es justamente eso lo que las hace tan buenas. 

La brevedad las caracteriza. La brevedad, que no es sinónimo de simpleza. Por el contrario: asombra cuántas cosas es capaz de meter el autor en tan pocas páginas, en tan pocas palabras. Y es curioso, pero quedan tan perfectas, tan bien cerradas, que uno tiene la impresión de que si el autor añadía una página más, se habrían arruinado.

Ambas novelas son un pretexto para cuestionar la utilidad de la literatura. ¿Para qué escribir libros? ¿Para qué contar historias? ¿Cuál es la utilidad de la ficción?. Cuando uno está enfermo de literatura, estas preguntas le parecen necias. Pero tras leer estas historias de gente que escribe y que deja de escribir y luego vuelve a escribir y parece difuminarse entre su vida real y la ficción, las mismas preguntas se vuelven duras, muy duras de afrontar. 

En ambas hay protagonistas que escriben, y lo que escriben nunca trasciende. Escriben para sí mismos, o a lo sumo para una persona particular. Ambas están oscuramente conectadas por varios detalles, pero sobre todo por un detalle. Hasta los nombres de los protagonistas se parecen (y debieron haberse llamado igual, de no ser porque el oficial del registro civil escuchó mal el nombre de uno de ellos). En ambas hay mujeres que se van (pero las mujeres siempre se van, supongo que esa no es una coincidencia).

El autor es chileno, heredero de la tradición de Bolaño. Un escritor latinoamericano contemporáneo que me ha sorprendido con sus dos breves novelas. Me ha fulminado. Las novelas son Bonsái y La vida privada de los árboles. El autor: Alejandro Zambra. 


martes, 14 de agosto de 2012

Algunas anotaciones paranoicas sobre "La subasta del lote 49", de Thomas Pynchon.



Por fin me animé. Había postergado nuestro encuentro demasiado tiempo. Decidí que temerle solo contribuía a prolongar mi ignorancia. Después de varios intentos fallidos por superar la primera página con una idea concreta de lo que estaba pasando, decidí probar el método alternativo: solo leer, hacerlo por placer, disfrutar y dejarme llevar. Fue así como pasé a la segunda página y entonces la locura se desató. Y la locura duró mientras ese libro estuvo abierto. 

Honestamente, creo que esta reseña no tiene sentido. Para ser brutalmente franco y realista, dudo que cualquier reseña sobre el libro en cuestión tenga sentido. ¿Para qué escribirla entonces? Para quitarme esta fantasía de encima, obviamente. El Dr. Hilarius me sermonearía por esta blasfemia, nicht wahr?: 

¡No lo haga y trátela con amor! [...] ¿Qué otra cosa le queda? Sujétela bien por su minúsculo tentáculo, no permita que los freudianos se la arrebaten con zalamerías ni que los farmacéuticos se la eliminen a fuerza de pócimas. Sea cual fuere, cuídela con cariño, porque si la perdiese, por ese pequeño detalle sería usted como los demás. Y empezaría a dejar de existir. 
—Thomas Pynchon, LSDL49

Así es como el psicoanalista Hilarius un ex-nazi, ahora freudiano ortodoxo, motivado por la culpa le responde a la protagonista (Edipa Maas) cuando esta acude a él con la esperanza de que le confirme que todo lo que está viviendo no es más que una fantasía, un delirio paranoico atribuible a sus más profundas carencias y traumas infantiles. Como Edipa, el lector de LSDL49 se ve imbuido en una vorágine de acontecimientos y encuentros completamente descabellados que parecen salidos de un viaje con LSD-25 (el alucinógeno es mencionado en la novela). Esa es la analogía más perfecta que se me ocurre: LSDL49 como un viaje con LSD (la coincidencia de las siglas obedece a la traducción y no es más que incidental).

Repetiré algo que ya han dicho muchos porque no deja de ser cierto: LSDL49 es un libro enorme (y ya sabemos que, cuando se habla de libros, la enormidad no es directamente proporcional al número de páginas). Filtros de cigarrillo hechos con huesos humanos, psiquiatras nazis que provocan enfermedades mentales de manera experimental, una banda que quiere imitar y superar a los Beatles, grandes y decisivas batallas no registradas por la historia, un recorrido por la bahía de San Francisco en los 60's, una extraña compañía aeroespacial y una no menos extraña sociedad secreta infiltrada en el servicio de correos desde el siglo XV... Y paranoia, mucha paranoia. Todo eso y más en menos de 200 páginas.

   




Lo mejor de todo es que nunca sabemos cuál es la realidad de todo esto. ¿Se trata de una auténtica conspiración? ¿O quizás la última broma de Inverarity (el amante muerto de Edipa, quien la ha nombrado albacea de su herencia)? ¿Es posible que todo se desate porque Edipa comsumió LSD sin saberlo? (esto se me acaba de ocurrir releyendo las primeras palabras de la novela) ¿O es todo pura y simple paranoia? Lo cierto es que, pese a que la mitad del tiempo no sabemos qué rayos está ocurriendo, la narración es tremendamente adictiva. Pynchon se encarga de meternos en la piel de Edipa, convirtiéndonos en los investigadores de su intrincadísima y alucinante trama. Al final, el lector comprometido y valiente recibirá una recompensa por todo su esfuerzo; no logrará dilucidar el misterio lamento decepcionarlos, pero habrá sido iniciado en lo que uno de mis amigos llama la "Frecuencia Pynchon", y una vez dentro de ella, no querrá (y no podrá) salir.



P.D.: Para quienes se animen a emprender este viaje, sepan que sintonizar la Frecuencia Pynchon conlleva tantos placeres como peligros. Para no perderse, se han confeccionado numerosas guías. He encontrado esta muy útil por tener anotaciones para las referencias de cada página:
P.P.D.: Esta reseña fue escrita con tres discos de Bob Dylan como música de fondo. Creo que también sería un excelente soundtrack para acompañar la lectura de LSDL49. 

P.P.P.D.: REINE EL SILENCIOSO TRISTERO OTRO SIGLO.





"WHY SHOULD THINGS BE EASY TO UNDERSTAND?"

                                                                                          —Thomas Pynchon


viernes, 3 de agosto de 2012

"Otras inquisiciones" como novela involuntaria (y como blog arcaico).



Oficialmente, técnicamente, Otras inquisiciones es un libro de ensayos; un recopilatorio de las disquisiciones de Borges sobre sus temas favoritos: la metafísica, la historia y la literatura. Hasta aquí, todos de acuerdo. Introduzco una interpretación radical: ¿Qué tal si el más famoso libro de ensayos del maestro fuera en realidad una novela velada, velada incluso para el mismo Borges, quien siempre manifestó su desconfianza por ese género?

La idea no es mía. Hace más o menos un mes leí el artículo La novela involuntaria, de Aníbal Jarkowski. El nuevo enfoque que ahí se le da a la colección de ensayos de Borges me inquietó al punto de ponerme a leer inmediatamente el libro. De acuerdo a la interpretación de Jarkowski, el protagonista, un tal Borges (quien revela su identidad en la última línea) comentaría sus impresiones y razonamientos fruto de las lecturas que va realizando a lo largo de cierto período de tiempo. La trama es así de sencilla: un lector se sienta, lee, piensa y escribe. Son las reiteraciones en cuanto a nombres (Kafka, Pascal, Quevedo, Kipling, Coleridge, Chesterton, Shaw), líneas, citas, alegorías y metáforas las que nos hacen pensar en el autor como un personaje, y en lo que escribe como capítulos acumulativos de una narración coherente, de una cronología: la de su pensamiento. Al final hasta nos encontramos con un epílogo, menos común en los ensayos que en las novelas.

Hay que admitir que la idea es plausible, pero, sobre todo, atractiva: Borges escribiendo, a lo largo de 15 años y sin saberlo, la novela que nunca quiso escribir. Creo que le habría gustado que alguien se lo hiciera notar; lo imagino soltando una carcajada. El mérito no es editorial, pues fue él quien eligió los textos que compondrían la colección que terminó titulándose Otras inquisiciones. Eligió voluntariamente esos ensayos, pero aparentemente, esa voluntad obedecía a otra voluntad: la de la Literatura.

Tras haber leído el libro de principio a fin, compruebo que este amplio muestrario de la erudición y el genio del maestro podría ser visto aún desde otra perspectiva. Preferiría no exponer esta idea, por repulsiva, pero no puedo evitarlo: si Borges fuera nuestro contemporáneo y si, hipotéticamente, se hubiera dejado arrastrar por la revolución tecnológica, y si, de nuevo, hipotéticamente, tuviera un blog, este se llamaría "Otras inquisiciones" (¡qué nombre tan bello para un blog!) y todos esos magníficos ensayos serían sus posts. Posts, por otra parte, plagados de links externos, para paliar nuestra tremenda ignorancia frente a sus incontables referencias (claro que seríamos redirigidos a la odiosa e incorrecta Wikipedia, en lugar de la Encyclopaedia Britannica).

No quiero seguir, pero la idea de este Borges moderno empieza a hacerse divertida: si tuviera una cuenta en alguna red social, esta sería Goodreads: 30.000 libros leídos y contando (ya le haría competencia a ese otro hipotético y excéntrico muchachito llamado Sabato). Quizá también, muy de vez en cuando, usaría Twitter, iluminando con sus aforismos a sus escasos pero fieles seguidores. Facebook no, de ninguna manera. Basta, no sigo, no más. No quiero ofender la memoria del maestro ni ganarme, como ya les ha sucedido a otros, el desprecio de María Kodama. Solo era un torpe ejercicio de imaginación.



domingo, 29 de julio de 2012

"After Dark", de Haruki Murakami (fragmento).



[...] Golpea suavemente el estuche del instrumento musical que se encuentra a su lado. Parece que esté dándole palmaditas en la cabeza a un perro fiel.
     —Los de mi grupo ensayamos en el sótano de un edificio de por aquí. Puedes meter tanto ruido como quieras, nadie se queja. La calefacción no funciona bien y, en esta época del año, te congelas, pero nos lo dejan usar gratis, así que no podemos andarnos con exigencias.
     Mari dirige una mirada al estuche.
     —¿Es un trombón?
     —Sí. ¿Cómo lo sabes? —dice él, ligeramente sorprendido. 
     —Sé qué forma tiene un trombón. Hasta ahí alcanzo.
     —Sí, ya. Pero este mundo está lleno de chicas que ni siquiera saben que el trombón existe. En fin, supongo que es inevitable. Ni Mick Jagger ni Eric Clapton se convirtieron en estrellas del rock tocando el trombón precisamente. ¿Y has visto alguna vez a Jimi Hendrix o a Pete Townshend destrozando un trombón en el escenario? Ni pensarlo. Todos destrozan guitarras eléctricas. Si machacaran un trombón, lo único que harían es el ridículo.
     —Entonces ¿por qué lo has elegido tú?
El hombre se hecha crema de leche en el café que le acaban de servir y da un sorbo. 
     —Cuando estaba en secundaria, un día, por casualidad, encontré un disco de jazz que se llamaba Bluesette en una tienda de discos de segunda mano. Un LP muy, muy viejo. No tengo ni idea de por qué lo compré. Ya ni me acuerdo. Porque yo, hasta entonces, no había escuchado nunca jazz. En fin, sea como sea, la primera melodía de la cara A se llamaba Five Spot After Dark y era alucinante. El trombón lo tocaba Curtis Fuller. La primera vez que lo oí tuve una especie de revelación. ¡Sí! ¡Ése es mi instrumento! El trombón y yo. El destino nos había unido. 
     El hombre tarareó los ocho primeros compases de Five Spot After Dark.
     —La conozco —dice Mari.
     Él pone cara de pasmo. 
     —¿La conoces?
     Mari tararea los ocho compases siguientes.
     —¿Y cómo es que la conoces? —pregunta él.
     —¿Hay algo malo en ello?
     Él deja la taza de café sobre la mesa y sacude ligeramente la cabeza. 
     —No, no hay nada malo. Sólo es que... Es que no me lo puedo creer. Que, hoy en día, una chica conozca Five Spot After Dark... En fin, el caso es que Curtis Fuller me alucinó y, a raíz de eso, empecé a tocar el trombón. Les pedí a mis padres que me prestaran algo de dinero, me compré un trombón de segunda mano, entré en el club de música de la escuela y, desde el bachillerato, voy tocando en uno u otro grupo. Al principio hacía de acompañamiento en conjuntos de rock. Una especie del Tower of Power de antes. ¿Conoces Tower of Power?
     Mari niega con la cabeza.
     —No importa. Total, que antes hacía eso, pero ahora toco jazz, puro y desnudo. Mi universidad no es nada del otro mundo, pero tiene un grupo de música que no está mal.
     La camarera se acerca a llenarle de nuevo el vaso de agua. Él hace un gesto negativo. Echa una ojeada al reloj de pulsera.
     —Ya es hora. Tendría que irme.
     Mari calla. La expresión de su cara indica: "Nadie te retiene".
     —Claro que todos llegan siempre tarde —dice él.
     Mari no hace ningún comentario al respecto.

sábado, 28 de julio de 2012

"Bariloche", de Andrés Neuman (fragmentos).


[...] no entendía por qué la noche se cargaba de sonidos, un camión gigantesco que no se veía, grillos, un tango, un crujir cercano como de huesos o de pequeñas piezas que se agitan en una caja. Miró con atención al frente y vio la mole en sus detalles, su lomo irregular, su superficie abultada como un bosque de heridos que se revuelven o que ya no se mueven y entonces es más bien la fosa común de todas las ciudades por la noche, ¿qué hora era?, le llamó la atención que, a la luz desmayada de los focos del hangar y de la luna oculta tras las nubes de vinilo, todos los destellos de los cristales enterrados fueran verdes. 

¿Qué había realmente dentro de los millones de bolsas? ¿Cuáles serían suyas? ¿Podría rescatarlas?

[...] Bajo sus pies, a escasos metros, respiraba toda la excrecencia del mundo con su aliento venenoso. La vista se le perdía en un horizonte de fragmentos extrañamente organizados, de millones de cabezas asomadas desde la tierra hacia la fría noche, buscando algo de oxígeno. [...] le costaba entender, Dios santo, cómo podía haber tanta, tanta mierda, mejor dicho, más que moverse como criaturas individuales, los desperdicios lo hacían con tendencia a fusionarse, era tan uniforme todo, el nylon, la mierda y el silencio... La convulsión provenía de abajo, de muy profundo abajo, él lo intuía bajos sus pies helados, era un temblor verde y subterráneo que tejía una piel artificial e invulnerable, la Mierda Única, un mar de ahogados. Miró fijamente el epicentro del monstruo: un mar, ¿no era eso? O un lago prehistórico de nombre imposible, y la noche iluminó con lenta luz la superficie del Nahuel Huapí, olía a humedad, a piedra, la tierra oscura cedía y emanaba, el cielo y el lago se gruñían como dos osos rivales, infinitos, el frío endurecía los colores. 

[...] no había hora, todo se moría al mismo tiempo (un ligero mareo, las sienes encogidas), temblaban las lagartijas y aún se escuchaba el ronquido atroz de la bestia, era cuestión de tiempo, palpitaba, tenía sus métodos, la bestia. 


Tiempo. No había habido nunca una ciudad abajo, ¿pies?, ¿qué pies?, sólo sabía que entre jirones de nylon emergían dos gatos que jugaban a arañarse y a quererse confundiendo sus colores, se metían en dos bolsas y salían por otras dos, ¿o había un gato escondido en cada bolsa?, había un algo como de pétalos caídos sobre un sendero embarrado. [...] Sintiendo cómo aumentaba el palpitar de las sienes, recogió su mochila y acudió con los ojos cerrados, hasta escucharse en medio de la noche el claro rumor celeste  de una zambullida.




sábado, 7 de julio de 2012

Nuevos ejercicios de estilo.

A veces leemos libros que, ni bien terminados, nos compelen a escribir. Suele tratarse de un tipo de inspiración que viene de la mano de la lectura; algún tema tratado por el autor toca un nervio creativo y genera una idea que debe ser inmediatamente transportada al papel (la computadora, vaya, seamos modernos). Desde luego, también suele pasar con otras formas de arte, pero aquel impulso creador que va desde la literatura hacia la literatura, al estar bajo la misma línea de expresión, es percibido como más directo; más puro, si se quiere. 

Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau es un ejemplo de esos libros, pero un ejemplo extremo. En este pequeño librejo (apenas excede las 160 páginas en la versión castellana, aun con la introducción de Antonio Fenrández Ferrer, que ocupa el 40% del libro), el co-fundador de la Oulipo (siglas de "Ouvroir de littérature potentielle" o "Taller de literatura potencial") lleva la experimentación de las formas hasta el límite. Empezando con un simple y hasta trivial texto base, Queneau nos muestra el ilimitado potencial de la literatura cuando esta es liberada de sus "coerciones", contándonos la misma historia no diez ni veinte, sino noventa y nueve veces (¡sí, 99!), variando el estilo en cada una de ellas. Las diversas fórmulas que emplea van desde las más antiguas figuras de la retórica y la estilística (lítote, metáfora, poliptoton, sínquisis), pasando por múltiples registros comunicativos, hasta parodias del lenguaje contemporáneo. 

Este es el texto en la forma "Relato", considerada la forma cero: 

Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.
Dos hora más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

Leído una sola vez en esta forma básica, el texto evoca una imagen clara, pero efímera. Esta última cualidad cambia irremediablemente una vez que se lo ha leído 98 veces más (de corrido) en las variantes estilísticas más ingeniosas, ocurridas e incluso disparatadas. Concluida esta tarea, una vez que se ha leído la última línea de la última versión, en contra de todo pronóstico, el lector se queda con ganas de más. Las noventa y nueve, que en un principio parecieron excesivas e imposibles, ahora aparecen como solo una fracción de la infinidad de posibilidades. Y el lector-cómplice (dirigirse a Cortázar para la respectiva aclaración de categorías) no puede hacer más que sentirse apelado y contribuir a la continuación de este juego.

Caligrama de Jacques Crelman para al edición ilustrada de Excercices de style.

Me propongo entonces aceptar el desafío planteado por Queneau y explorar otras posibilidades, algunas de las cuales él mismo propone en un anexo del libro. A continuación, mis propios, nuevos ejercicios de estilo:


Prohibición 
A todos los habitantes y visitantes de París: Debido al aumento de las quejas ciudadanas respecto a la incomodidad y a los peligros derivados del exceso de pasajeros en los autobuses de la línea S, queda terminantemente prohibido ocupar la plataforma trasera de los mismos en horas pico (una hora antes y una hora después del medio día). Si usted fuera testigo de uno de esos percances (digamos, si un tipo de cuello alargado y sombrero ridículo arremetiera contra otro viajero acusándolo de pisotearle cada vez que la gente sube y baja del vehículo), le sugerimos no entrometerse y dejar que los implicados resuelvan su querella por sí solos.  
Se comunica también que a partir de las dos de la tarde (14h00) los autobuses de la misma línea (S) no podrán pasar por la calle de la estación Saint-Lazare, debido a que desde esta semana la plaza Roma sirve como recinto de la Bienal de Sastrería y Modas de París. Si por casualidad usted observara desde el autobús a un sastre darle consejos sobre el escote de su abrigo al mismo tipo de cuello largo y sombrero ridículo, sepa que ha incumplido con esta prohibición y que la sanción será severa.
Atentamente, la Gobernación.

Oxímoron 
Sucedió tarde por la mañana, hacia el mediodía. Un autobús de la línea S iba y venía, tan lleno de vacíos, de gente vacía, como siempre, ¡como nunca! De pronto, un tipejo con el cuello abismalmente largo y un sombrero de fieltro de un exquisito mal gusto, empieza a discutir tranquilamente con un vecino en el extremo opuesto del autobús. Le gritaba discretamente y le injuriaba de la manera más calmada que uno se pueda imaginar. El motivo era la supuestamente evidente tendencia del viajero a pisotearle con el frecuentemente espaciado subeibaja de la gente al medio de transporte. Inesperadamente, en un instante que pareció eterno, el tipo del sombrero corre lentamente a sentarse en un sitio vacío. 
Dos infinitamente cortas horas más tarde, vuelvo a ver al tipejo frente a la horrorosamente bella estación de Saint-Lazare. Estaba siendo interpelado tímidamente por un amigo sobre la urgencia postergable de disminuir ampliamente el escote de su abrigo.

Carta ofensiva
Señor L (o como se llame); 
Probablemente usted no recuerde quién soy, pero permítame asegurarle que, para mi desgracia, yo lo recuerdo y lo recordaré perfectamente por el resto de mis días. El día de ayer, cerca del mediodía, usted y yo nos encontrábamos en la plataforma trasera de un autobús de la línea S. Como usted recordará (si es que su memoria es tan buena como su odiosa tendencia a fastidiar a la gente), el autobús estaba asquerosamente lleno. La gente seguía subiendo y nadie bajaba, y ese conductor incompetente permitía todo esto sin preocuparse por nuestra comodidad y seguridad. El calor era horrible; esto, sumado al continuo movimiento del bus a causa del ignorante y desadaptado conductor, hacían de mi viaje la experiencia más desagradable del día. ¿Usted qué tiene que ver? Mire, atrevido, ¡yo lo ví! ¡No crea que no me di cuenta! Como si no fuera suficientemente molesta toda la escena que le he descrito, usted empieza a pisotearme y empujarme a propósito, aprovechándose del traqueteo del vehículo y de la multitud. ¡Casi pierdo mi fino sombrero de fieltro con cordón trenzado! Pero seguramente un vulgar como usted ignora el valor de un sombrero como ese. Si hubiera sido yo una persona menos decente (alguien más parecido a usted, tal vez) tenga por seguro que le habría propinado un buen par de golpes en ese mismo momento. Pero no podía rebajarme a su nivel. Fue así que, a la primera oportunidad, me apresuré a sentarme en un asiento vacío, poniendo mi distancia entre su mala educación y mi persona. El objetivo de esta carta no es otro que el de comunicarle mi indignación por su deplorable comportamiento el día de ayer. Sepa que individuos como usted tarde o temprano pagan por su insolencia y falta de modales.
P.D.: Sé que no es de su incumbencia, pero quisiera también que sepa que dos horas más tarde del desagradable accidente con usted, encontrándome frente a la estación de Saint-Lazare, un energúmeno desconocido, probablemente un borracho vagabundo, se me acerca y me dice que le parece que a mi abrigo le falta un botón o que mi cuello es demasiado largo, porque el escote es muy pronunciado. ¡Puede creérlo! ¡Justo cuando creía que mi día no podía empeorar!


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Siete pecados capitales 
Fue sobre todo la pereza, estoy seguro, la que me obligó a tomar el autobús de la línea S a esa hora. En seguida me arrepentí, la avaricia del conductor hacía que este permitiera subir a demasiada gente, sin considerar la creciente incomodidad a la que sometía a los pasajeros. Hombres y mujeres por igual, todos apretujados en la estrecha plataforma trasera de ese vehículo. El malestar era tal que cualquier pensamiento lujurioso estaba descartado. De pronto, un jovenzuelo soberbio se desata en un ataque de ira contra uno de sus vecinos, acusándolo frenéticamente de haberle pisado adrede. Sin embargo, un instante más tarde, se retira y va a sentarse a un sitio desocupado. 
Son curiosas las coincidencias de la vida. Esa misma tarde, aproximadamente dos horas después de haber presenciado este incidente, volvía a ver al mismo joven soberbio e irascible en medio de una airada discusión con un sujeto, frente a la estación de Saint-Lazare. No estoy seguro de cuál era el motivo esta vez, pero me pareció que el sujeto en cuestión, evidentemente lleno de envidia, le sugería al joven soberbio que añadiera un botón en la parte superior de su abrigo, porque su tendencia a la gula y su largo cuello hacían que el escote se pronunciara en exceso. 

V + 7*
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), obturé a un personaje con el cuello bastante largo que lobreguecía un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo intervino, de golpe y porrazo, a su vecino, prevaricando que le pizcaba adrede cada vez que subseguían o balbuceaban viajeros. Pero abarquilló rápidamente la discusión para lastarse sobre un sitio que había quedado libre. 
Dos horas más tarde, vulneraba a verificarlo delante de la estación de Saint-Lazare, cooptando con un amigo que le acoraba dispensar el escote del abrigo harbullándose subseguir el botón superior por algún sastre competente.**


Podría seguir y seguir, pero creo que la lección es clara: las posibilidades del lenguaje y de la creatividad son ilimitadas. Quien se sienta con ganas de ensayar un estilo particular, de probar su inventiva o simplemente de escribir, tiene todas estas propuestas aún no explotadas de Queneau a su disposición: 

Dedicatoria, ideas macabras, ficha de lectura, carta de rechazo del editor, costura (nombres de vestidos), charada, adivinanzas, declaración de amor, sordomudo, ciego, borracho, paranoico, confusión mental, delirium tremens, reglas de un juego, ley, enigma, crítico literario, esquela, elegante, caos, símbolos, fábula, elocuencia política, requisitoria, atributos, anáforas, epíforas, moraleja, fenomenológico, detective, crucigrama, aliteraciones, lugares comunes, proverbios, biológico, económico, sociológico, químico, geológico, infantil, abstracto... Y un largo etcétera. 


________________________________________________________________________________
* El ejercicio "V + 7" se realiza con la ayuda de un diccionario. Se reemplaza en el texto cada verbo (V) por el séptimo (+7) que se encuentra en el diccionario elegido, contando a partir del verbo original. Los dos términos de la fórmula pueden variar, de manera que V puede ser sustituido por S (sustantivo), A (adjetivo), Ad (adverbio), etc., y en lugar de 7 podemos optar por otra cifra cualquiera. V + 7 solo es una posibilidad entre muchas de la formula general P + n  o P - n.

** Para este ejercicio en particular utilicé el Diccionario Enciclopédico Océano Uno Color, edición 2003.


sábado, 30 de junio de 2012

El fin (?) de lo infinito.

Cuando empecé a leer La broma infinita (hace casi cuatro meses), no sabía en lo que me metía. Lo único que sabía era que empezaba a leer algo descomunal, la novela más larga a la que me había y me habré enfrentado. Empecé con miedo; todas las referencias me hacían pensar que se trataba de un libro no solo excesivo en cuanto a su extensión, sino también en cuanto al contenido y al estilo. El nombre "David Foster Wallace" evocaba en mí la idea de ingenio-complejo-que-requiere-toda-tu-atención-y-tu-tiempo, al más puro estilo de uno de sus maestros: Thomas Pynchon. Leí más de 20 veces la línea inicial  Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos  antes de decidirme al fin y lanzarme de cabeza dentro de lo que sabía sería la aventura literaria más peligrosa y arriesgada en la que me metía hasta el momento.

Ahora, cuatro meses y 1404 páginas después (lo leí en versión electrónica en mi nook, por eso tiene más páginas que la versión impresa), solo puedo declarar algo: no me arrepiento. Cada segundo invertido en esta obra maestra valió la pena. Descubrí en seguida que no había nada que temer en este libro; todo lo contrario. El verdadero valor de La broma infinita radica en la experiencia misma de su lectura, mientras ocurre, mientras viajamos de la mano de Wallace a través del imposible y a la vez hiperrealista mundo que construye. No voy a desvariar en alabanzas sobre su ingenio y narrativa: ya hay suficientes ensayos, artículos, entrevistas y opiniones sueltas que certifican que el 12 de septiembre de 2008 perdimos al más grande escritor norteamericano contemporáneo, y que LBI fue su opus magnum

Una portada tentativa diseñada por fanáticos de la novela
que muestra algunos de los principales fetiches y temas
recurrentes a lo largo de la misma. 

Esta serie de posts relativos a LBI han tratado no solo de reunir mis impresiones a medida que avanzaba con la lectura de la novela, sino también de aportar con material visual de diversas fuentes que ayudara a comprender y a disfrutar mejor la misma. Siendo este el último post de la serie (por el momento), creo que es hora de compartir estas tres formas tentativas de visualizar la totalidad de la novela. Están ordenadas por niveles de complejidad:


1) El más sencillo pertenece a Jake Bittle y muestra la forma circular que tiene la trama, los principales acontecimientos y sus ubicaciones en el tiempo, así como una hipótesis explicativa de la trama.

2) Seguimos con este diagrama del diseñador alemán Jonny, que muestra las relaciones entre los principales personajes y las instituciones o grupos con los que están asociados.

3) El último y más complejo es obra de Sam Potts. Incluye a todos los personajes y sus asociaciones solo se representan por puntos y líneas. (Si ya empiezan a tener un dolor de cabeza tratando de recorrer este diagrama, esperen a empezar con la novela).

Hay poco que se pueda decir sobre la trama sin dejar de lado aspectos fundamentales. No hay duda de que se trata de una novela compleja y de que, como lo dijo el mismo Wallace, todo en ella está ahí por una razón. He encontrado algunas teorías explicativas que cierran el círculo y atan la mayor cantidad de cabos sueltos posibles, siendo esta la más interesante. A lo mejor algún rato la traduzco y la contrasto con mis propias opiniones y teorías. Sin embargo, este final sin final se veía venir; Wallace mantiene a través de toda la novela la sensación de que estamos en la mitad de la misma. Enemigo de una estructura predecible, tenía que evitar a toda costa un cierre tradicional. En los últimos capítulos, las diferentes líneas (narrativas) empiezan a dirigir sus vectores hacia un mismo punto, sin llegar a converger en él, dejando así la novela sin un final definitivo, volviéndola in-finita.

La experiencia me dice que, con el tiempo, inevitablemente iré olvidando las increíbles escenas (tanto en los momentos más serios como en los más hilarantes), los tremendamente profundos y humanos personajes, y la totalidad de ese universo alternativo (y no tan alternativo, porque Wallace resultó ser un profeta respecto a ciertas realidades). Uno lee la línea final y se siente invadido por múltiples sentimientos, de los cuales el principal es la nostalgia, junto con una sensación de incredulidad; la certeza de que esta(s) historia(s) no ha(n) acabado, no tiene(n) fin. Me despido de LBI como si se tratara de un viejo amigo, mi mejor amigo, mi cómplice; después de todo, cuatro meses no son moco de pavo. Volveré a ella en algún momento, lo sé, y cuando suceda ya no me aproximaré con miedo como la primera vez, sino con la confianza, la seguridad y el respeto de los más entrañables compañeros de viaje. Más que nunca, creo que es oportuna esta cita de Chesterton, referente a las obras de ficción: "Literature is a luxury; fiction is a necessity". O directamente esta, más cruda, del propio Wallace: "Fiction is about what it is to be a fucking human beign".


La línea final de la novela, que en español dice:
"Y cuando volvió en sí, estaba echado de espaldas en una playa sobre la arena muy fría 
y caía la lluvia de un cielo bajo y la marea estaba lejana."  
Si llegaste hasta aquí, te felicito, viajero.



lunes, 16 de abril de 2012

Media broma: impresiones tras la lectura de la (casi) mitad de "La broma infinita".

La broma infinita, aunque obviamente es finita, le hace honor a su título en la medida en que uno cree avanzar y tras leer dos horas seguidas se da cuenta de que en realidad no ha avanzado prácticamente nada. No puedo creer que en un mes y medio no haya llegado ni a la mitad. Es verdad que mi ritmo de lectura no ha sido el usual, pero de todas formas, pensar que me falta un 56% es muy desalentador. Son 1404 páginas en la versión de mi lector digital, y cada página es doble (se repite su numeración dos veces) debido al tamaño de la pantalla del lector (un nook de primera generación). La sección de "Notas y erratas" empieza en la página 1241, así que en mi cálculo personalizado, cuando llegue a la 1240 habré terminado el libro, dado que las notas al final se leen a medida que van apareciendo. La gente que formó parte del proyecto Infinite Summer, se propuso leer el libro en 3 meses, a un ritmo de 75 páginas semanales. Cuando empecé, me dije que eso era demasiado lento para mí. Ingenuo, yo: no sabía a lo que me enfrentaba. 

Como toda novela que intenta ser total (o cuya extensión en grosor excede los 6 cm.), tiene sus altos y bajos. Durante los altos, mi ritmo se acelera y puedo leer entre 40 y 50 páginas por día. Un buen ejemplo de esto son  las tomas fragmentadas de la larga conversación nocturna que se desarrolla sobre una montaña con vista a la ciudad de Tucson entre Marathe y Steeply, las muy detalladas reuniones de los AA de Boston (la comprensión de la naturaleza de la adicción por parte de Wallace es magnífica), o las conversaciones telefónicas entre Hal y Orin Incandenza. Durante los bajos, por otro lado, me cuesta mucho leer apenas 10 páginas, y a veces desearía saltarme esa sección que me frena. En otras ocasiones, uno se encuentra leyendo con un buen ritmo y de buena gana y de pronto aparece una nota al final con una extensión excesiva (a veces 10 o 15 páginas, y hay que recordar que la letra de las notas es diminuta), que versa sobre temas totalmente ajenos a lo que se estaba leyendo y en lugar de aclarar algo, nos desvía y desorienta completamente. También entonces quisiera olvidarme de esas notas y seguir leyendo. Por supuesto, no lo hago, porque en mi iniciación a la lectura de este monstruo se me advirtió que, pase lo que pase, debía confiar en Wallace hasta el final. Y no puedo decir que me haya defraudado hasta ahora, pese a todo. 

Uno extraña (¿añora?) otras lecturas, otras emociones. Habría leído 4 o 5 libros en el tiempo que me ha tomado leer menos de la mitad de este. Varias veces me he sentido tentado por dejarlo un rato y descansar un poco de él con la lectura de un libro fugaz (a la manera en que uno le pide a una novia que "nos-demos-un-tiempo", y sale a buscar otras sensaciones en breves aventuras de una noche). Aún no lo he hecho, pero no descarto la posibilidad. Imagino que este era el objetivo de Wallace al escribirlo: crear un objeto descomunal de entretenimiento que te tuviera pegado a él por mucho tiempo, absorbiéndote, burlándose de ti mientras lees en él cómo otros, iguales a ti, se pierden en entretenimientos similares. 

Si escribo ahora, es quizás porque atravieso una crisis al empezar a sospechar que estoy perdiendo mi tiempo. No veo hacia dónde pueda ir la trama de esta novela (si es que hay una) y me veo a mí mismo como sentado en una sala de cine, solo, viendo pasar imágenes tras imágenes, personajes tras personajes, y no hay proyeccionista; la cinta parece no acabarse nunca. El proyeccionista podría no ser necesario y entonces el espectáculo soy yo mismo, mientras veo esa cinta sin principio ni fin. Uno empieza a incomodarse. Uno quiere salir corriendo de la sala y exigir que le devuelvan su dinero. Esta metáfora es robada de la misma novela, cuando se explica una de las películas del Dr. James Incandenza, "La broma". Esa es la dinámica en la que me veo inmerso y, sin embargo, pese a la incomodidad y a la sensación de estafa, pese a sentirme objeto de una burla, de una pesadísima broma, quiero seguir ahí. Supongo que me ha atrapado, que he caído, y a estas alturas no queda más que dejarse llevar...

Diseño de Cody Hoyt inspirado en "La broma infinita". Es muy entretenido buscar todas las alusiones a la novela en él. 




miércoles, 4 de abril de 2012

Escatón para dummies: una aproximación al demencial juego ideado por DFW.

El Escatón (Eschaton, en inglés) es un juego a mitad de camino entre un wargame y el tenis. Uno de los capítulos de La broma infinita está dedicado a narrar una partida de Escatón llevada a cabo en la Academia Enfield de Tenis, el 8 de noviembre del Año de la Ropa Interior para Adultos Depend (día de la Interdependencia de la ONAN). Es fácil perderse mientras se lee la intrincada explicación de sus reglas, sus detalles y el desarrollo de esta partida en particular. El capítulo es bastante extenso y su complejidad elevada, pues se asume que ya conocemos la dinámica básica del juego, las siglas usadas y demás pormenores. Me imagino que si un lector no dejó la novela después de las 200 primeras páginas, este sería el siguiente punto en el que, una vez más, consideraría hacerlo. Dado que se trata de un capítulo narrado tan genialmente (sí, complejo pero genial, así es David Foster Wallace), quisiera aportar en algo a la comprensión del mismo para que futuros lectores no abandonen la descomunal novela al enfrentarse a él.

Grosso modo: Tenemos cuatro pistas de tenis en las cuales se despliega un mapa del mundo. Tenemos seis grandes equipos (Combatientes), cada uno de los cuales representa una potencia, por lo general un conjunto de naciones aliadas teóricamente a manera de Anschluss, teniendo así: OTAN-AM (AMNAT, en inglés), URS-VARS (SOVWAR, en inglés), CHINROJ (REDCHI, en inglés), IRLIBSIR (IRLIBSYR, en inglés), SUDÁF (SOUTHAF), e IND-PAK (igual en inglés). Las siglas de cada una se explican a sí mismas. Se le otorga a cada equipo un número determinado de pelotas de tenis viejas, las cuales representan cabezas termonucleares de 5 megatones cada una. A través del mapa se colocan implementos tenísticos como camisetas, toallas, shorts, brazaletes, calcetines, zapatillas y otros; cada uno de estos representa distintos blancos estratégicos en  cada país (grupo geopolítico). Uno de los chicos no pertenecerá a ningún equipo y gracias a sus habilidades para el cálculo y la computación (es requisito que sea un freak) será nombrado Maestro del Juego ("quien lleva el gorro"); este año se trata de Otis P. Lord, quien controlará las estadísticas del juego mediante un programa diseñado exclusivamente para el Escatón, instalado en un computador portátil que lleva en un carrito de comida de hospital a través de las pistas. Dado el poder de decisión que tiene en el juego es considerado una especie de Dios en este conflicto global teórico. El Maestro del Juego debe idear una Situación Desencadenante plausible y entonces la partida comienza. Las tensiones internacionales son intermitentes y eventualmente los Combatientes empiezan a disparar sus pelotas-misiles con sus raquetas, usando un golpe tenístico conocido como lob. El equipo ganador será el que logre infligir más daño a sus oponentes en cuanto a víctimas mortales, destrucción e incapacitación de respuesta; daño calculado en puntos por el programa que maneja el Maestro.

¿Se entendió? Wallace lo explica mucho mejor que yo, léanlo a él. El Escatón no tiene por qué interesar a alguien que no haya leído o que no se encuentre leyendo la novela. Sin embargo, podría motivar a algunos a leerla, dándoles una idea del tipo de ocurrencias que en ella podrán encontrar. Es mi deber advertirles, de todas formas, que la importancia de la partida de Escatón se limita al  ingenio con el que es narrada, pero no tiene ninguna incidencia en la trama fundamental. 

He encontrado, en mis constantes indagaciones respecto a ciertos detalles de la novela, dos elementos que facilitarán la comprensión del Escatón a quienes se sientan igual de desorientados que yo cuando se enfrenten a este capítulo. Una vez revisados, el capítulo se hará no sólo más llevadero sino realmente divertido. Lo prometo. 

El primero es esta ilustración de Chris Ayers, que resume de manera gráfica todo el capítulo. Está en inglés pero es bastante comprensible si se lee a la par con la novela (y si se le da clic para agrandarla). 



El segundo es el vídeo del tema Calamity Song de The Decemberists. Es una representación casi perfecta de lo que Wallace quiso transmitir cuando narró la partida de Escatón. Tiene sus errores: tres pistas de tenis en lugar de cuatro, no está nevando, y Ann Kittenplan es lindísima en lugar de ser una corpulenta muchacha con bigote y con la cabeza rapada, pero por lo demás es perfecto. Lo más emocionante es quizás ver a Colin Meloy, el cantante, como Michael Pemulis, con su gorra de capitán de yate y comiendo maní. El clímax, con Ingersoll lanzando la pelota (cabeza nuclear de 5 megatones) contra Kittenplan y desatando así el caos global, es buenísimo. Y sí, la canción es muy buena también. 



martes, 20 de marzo de 2012

20 de marzo del Año de la Tableta Masticable Ambien.


Entre las múltiples curiosidades que componen el universo de La broma infinita, está el Tiempo Subsidiado. Es una de las primeras cosas que tienden a confundir al lector, al menos hasta que este pueda coger el ritmo. Cada escena o capítulo en el libro lleva por título el año en el que se desarrolla, pero estos años no están numerados, sino que llevan nombres de productos. Así es; en el futuro ficticio del libro (futuro para cuando Wallace lo escribió) la Organización de Naciones Norteamericanas (la ONAN es el resultado de la ficticia unión geopolítica de México, Estados Unidos y Canadá), con su presidente Johnny Gentle, ha decidido vender a las compañías publicitarias los derechos para usar sus productos como auspiciantes y emblemas a lo largo de 365 días, con el objetivo de "reforzar los ingresos de la ONAN". Aunque aún no he llegado a esto en la novela, se supone que una reproducción con la forma del producto correspondiente hecha de hierro macizo es colocada en la mano siempre en alto de la Estatua de la Libertad (en lugar de su antorcha) cada 1 de enero, para permanecer ahí a lo largo del año. Se trata de otra de las bromas que Wallace mantiene a lo largo de la novela, ridiculizando la saturación de la cultura de consumo, en donde ya ni siquiera el tiempo, como recurso intangible, está libre de ser usado para propaganda. 

Toda acción que en el libro se desarrolle antes del Año de la Hamburguesa Whopper, se dice que sucedió Antes del Subsidio (AS). Nunca se hace una aclaración explícita sobre cuándo empezó el Tiempo Subsidiado. Sin embargo, gracias a la nota de la página 223, en donde se exponen los años en orden cronológico, y gracias a algunos datos mínimos (como el hecho de que el 4 de noviembre del Año de la Ropa Interior para Adultos Depend es miércoles, entre otros), podemos deducir la correspondencia de los años de Tiempo Subsidiado con los años numerados que conocemos, teniendo así: 


    1. Año de la Hamburguesa Whopper (2002)
2. Año del Parche Transdérmico Tucks (2003)
3. Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove (2004)
4. Año del Superpollo Perdue (2005)
5. Año del Maytag Dishmaster Sup (2006)
6. Año de la Actualización Fácil de Instalar para Placas Madre 
del Visor de Cartuchos de Resolución Mimética para Sistemas Caseros, 
de Oficina o Móviles Infernatron/InterLace Yushityu 2007 (sí, obvio, 2007)
7. Año de los Productos Lácteos de la América Profunda (2008)
8. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend (2009)
9. Año de Glad (2010)


Por supuesto, esta correlación es sólo teórica (suponiendo que el Tiempo Subsidiado es paralelo al tiempo que conocemos) y sirve para orientarnos temporalmente: esa terrible necesidad humana. Es probable que además de la intención satirizadora, la idea del Tiempo Subsidiado cumpla la función de volver a la novela lo más intemporal posible. Si nos atenemos a la correlación propuesta, el Año de Glad ya terminó, y también el que le sigue, por lo que ahora podríamos encontrarnos en el Año de la Tableta Masticable Ambien o en el Año del Helado de Sabor Cherry García de Ben & Jerry's, o quizás incluso en el más sencillo y realista Año del iPad 3, que ya tiene antecedentes. Tratar de ubicar en el mundo real la cronología ficticia de Wallace es un error, así como cualquier intento por extrapolar elementos ficticios a la realidad. Dejemos a las novelas en paz y disfrutémoslas por lo que son. Al menos hagamos el intento. 

Ilustración de Chris Ayers para su blog Poor Yorick Entertainment