jueves, 11 de diciembre de 2014

"Mason & Dixon", de Thomas Pynchon.



     Volví a Pynchon como quien vuelve a probar una droga querida cuyos efectos conoce bien y disfruta de sumergirse en ellos de vez en cuando, como para experimentar la realidad de otra forma, aunque solo sea mientras duran. Y aunque la experiencia fue similar a las anteriores (empecé fumando la ligera pero exquisita "La subasta del lote 49" y poco después me creí listo para arriesgarme con la mucho más hardcore "El arco iris de gravedad"), tuvo una particularidad que al principio me sorprendió, porque pensé que me habían estafado. Suficiente con las metáforas drogadictas. 

     Estamos en el siglo XVIII, la Era de la Razón; la Ilustración está metida en todos los rincones, la ciencia está naciendo y está tratando de abarcarlo todo con sus explicaciones. Newton, Halley, Hooke y todos esos hombres que cambiaron la historia de la ciencia... acaban de hacerlo. De esta esquina tenemos a Charles Mason, un astrónomo de segundo orden, melancólico, apenado por la reciente muerte de su Rebekah. De la otra está Jeremiah Dixon, agrimensor, un tipo alegre que contrasta muy bien con quien se convertirá en su compañero de trabajo y aventuras. La Royal Society (o eso quieren que creamos: con Pynchon nunca sabes quién está detrás de los hilos que mueven los destinos de sus personajes) los contrata para observar el tránsito de Venus desde Santa Elena, África, en el año 1761, como parte del equipo británico en la primera gran empresa científica a nivel internacional. Pero esta es solo una prueba para la verdadera misión que cambiaría la vida de los protagonistas y los catapultaría a la historia. 

     Esa misión se desarrollará en América, en donde deberán trazar una línea divisoria entre los estados —entonces colonias británicas— de Maryland y Pennsylvania. La aventura, que se desarrolla a lo largo de cuatro años, ocupa el grueso del libro, con todas las locuras que solo la imaginación de Pynchon puede aportar a un hecho histórico que, por lo demás, podría pensarse aburrido hasta el hartazgo. Un perro sabio que habla, la pata autómata de Vaucanson que adquiere vida propia y se convierte en la primera forma de inteligencia artificial, una huerta con verduras del tamaño de casas, relojes que mantienen conversaciones respecto a sus destinos, apariciones de algunos padres fundadores como Washington y Franklin en situaciones hilarantes, golems gigantes, fantasmas aterradores y otros más bien amigables, entre otras tantas ocurrencias, todo esto mientras los héroes avanzan hacia el misterioso, peligroso e inexplorado oeste, en contra de su voluntad y solo por amor a la ciencia.



     La línea que trazan terminará convirtiéndose —sin que ellos lo sepan— en el límite entre los estados unionistas del norte y los confederados del sur, la división entre los esclavistas y los abolicionistas que más tarde se enfrentarán en la Guerra de Secesión; la esclavitud y otros temas políticos, éticos y hasta teológicos son tratados con maestría en medio de todas las locuras que suceden. Así que Pynchon usa una historia casi olvidada y sin trascendencia para darnos clases de historia americana, astronomía, geología, agrimensura, diplomacia y hasta magia y espiritismo. Dije al inicio que al empezar a leer el libro me llevé una sorpresa. Era el mismo Pynchon de siempre pero narraba con una voz que no le conocía. Desde luego, me había olvidado que el muy genio, para lograr un efecto total en sus novelas, se mete completamente en la época en la que suceden sus historias, y ¿cómo contar una historia del siglo XVIII si no es usando el lenguaje de entonces? Una vez que te acostumbras estás de nuevo de la mano del viejo Pynchon, quien te hará reír a carcajadas como siempre mientras te enseña una cosa o dos. 

     Es una novela llena de ingenio y de pasión. Se disfruta todo el tiempo y no es tan oscura e intrincada como otras obras del autor, lo que no quiere decir que no sea demandante. No me lo esperaba, pero se convirtió en mi Pynchon favorito hasta el momento. Por ahora me desconecto de su frecuencia y vuelvo al sobrio y aburrido mundo real. Hasta la próxima dosis, Tom.



jueves, 6 de noviembre de 2014

Lo bueno y lo malo del tiempo: sobre 'Boyhood', de Richard Linklater.



Una película que me haga llorar es lo que estaba esperando desde hace bastante tiempo. No digo "una que me haga sentir algo", porque toda película tiene que hacerte sentir algo; caso contrario, debería ser destruida y olvidada por la humanidad. Incluso en el caso de que sea realmente mala, al menos te hará sentir asco y vergüenza ajena (o culpa, por haber desperdiciado tu tiempo). En fin, el asunto es que andaba pendiente de 'Boyhood ', esperándola (aunque sin admitirlo), un poco incrédulo respecto a la hazaña que se suponía que era y a la extraordinaria cantidad de buena crítica que recibió.

Sí, todos habremos escuchado o leído algo sobre el proyecto de Linklater: una película filmada a lo largo de doce años (pero en tan solo 39 días de rodaje) con el mismo cast & crew y que nos cuenta la historia durante ese tiempo de este niño rubio (que vemos tendido en el césped en el póster promocional) y su familia. Se veía cursi, por decir poco, pero ¿en verdad venía siendo filmada desde 2002? Es decir, ¿estábamos por ver una película cuyo rodaje inició al año siguiente del 9/11 y concluyó más de una década después? ¿Y la cantidad de cosas que han pasado desde entonces? Es decir, conocemos perfectamente esos doce años, recordamos todo lo que sucedió en ellos en el mundo y en nuestras vidas. ¿No causa un poco de vértigo saber que nos van a contar una historia así de reciente en la que podemos identificarnos con todo? Esa es exactamente la idea y ese es exactamente el resultado.

Al principio creí que 'Boyhood ' me hacía sentir viejo. Claro que te hace sentir viejo; ves todas estas cosas sucediendo, esta música sonando, estas películas y series siendo transmitidas por primera vez. Y te identificas, porque fueron parte de tu vida. Pero es fácil olvidar que no se está haciendo una revisión de ese pasado cercano, sino que el rodaje se realizó in situ (¿existe otro adjetivo? ¿"in tempo", tal vez?), mientras todo eso estaba realmente ocurriendo en el mundo, en el —entonces— presente. Y entonces es inevitable preguntarse: ¿Quién era yo mientras eso ocurría y qué ha sido de mi vida desde entonces? ¿Cuánto he cambiado y han cambiado aquellos que me rodean? ¿Quiénes de las personas que existían en mi vida y eran importantes en ese momento en particular siguen en ella y quiénes ya no? Y confrontados con esas preguntas y sus respuestas —muchas veces dolorosas— es como seguimos viendo cómo se desarrolla la trama que, por lo demás, es de lo más convencional, sin nada extraordinario.

Una historia —estoy seguro— tan común que, como si no fuera suficiente identificarse con el contexto cultural en que se desarrolla, nos identificamos con lo que les sucede a los personajes, que es todo y nada a la vez. Es la vida y nada más. No hay nada nuevo en la historia de 'Boyhood ' y por eso sorprende que al final de la misma uno se sienta tan satisfecho. La historia, curiosamente, no es importante. Solo su progreso lo es. Solo la medida en la que nos vemos reflejados, lanzados constantemente hacia el pasado, hacia la nostalgia, hacia los recuerdos felices o difíciles, hacia nosotros mismos a lo largo de ese espacio de tiempo, todas nuestras versiones, los pequeños o grandes cambios, las llegadas y las partidas, las adquisiciones y las pérdidas. Y si la historia de la niñez y progresiva maduración de Mason ayuda un poco, lo que lo logra definitivamente y con toda la fuerza es el fondo, el paisaje, el decorado o como prefiramos llamarlo, porque es nuestro, tan cercanamente nuestro que dan ganas de llorar.

No hay cinematografía espectacular, no hay fotografía característica. Es Linklater, el mismo que nos trajo esas cintas que todos vimos ensoñados y que ahora nos parecen cursis hasta decir basta (incluso tenemos a Ethan Hawk para recordárnoslo). Entonces hay un poco de prejuicio, eso sí. Pero esta no es una historia de amor idílico, sino simplemente de lo que fue la vida entre 2002 y 2014. Sí, es cierto, es sobre la vida particular de Mason durante 2002 y 2014, pero, then again, tanto para mis contemporáneos como para los de la generación que nos precede, esa también fue nuestra historia.

Ellar Coltrane (Mason) a lo largo de los 12 años de rodaje de 'Boyhood'.

Dije antes que al principio creí que 'Boyhood ' me hacía sentir viejo. Y no fue sino hasta el final cuando me di cuenta de que también —contradictoria y simultáneamente— me hacía sentir absurdamente joven. Me explico: si ese bagaje cultural me parece tan cercano e identificable, entonces soy ridículamente joven. Quizás no tanto como Mason, pero casi. Y entonces hay también una lección de humildad, una bajada de humos, una cachetada que te dice "no, aún no has vivido nada, aunque a veces quieras creer que ya has vivido bastante". Si en doce años cambiaron todas estas cosas en el mundo y en tu vida, ¿cuántas más pueden cambiar en el tiempo que viene? ¿Cómo mirarás esta época de tu vida en el futuro (cercano o distante)?

En definitiva, —voy a decir una obviedad tremenda, quedan advertidos— 'Boyhood ' es una película sobre el tiempo, la inexorabilidad de su paso, lo bueno y lo malo del mismo (como dice una canción compuesta por mi hermano). Una especie de memento mori o carpe diem. Bueno, no exactamente carpe diem, sino al revés, como cursi y brillantemente dicen en la línea final *spoiler alert, spolier alert*:


"(...) it's the other way around, you know, like the moment seizes us". 


¿"Cine longitudinal"? ¿Podemos llamarlo así? En ese sentido es revolucionario y digno de todas las alabanzas que ha recibido, porque buscó y encontró la forma de superar las limitaciones del género haciendo algo que nadie había hecho antes. Bravo, Linklater, me hiciste —y quiero pensar que nos hiciste— llorar, ergo, hiciste cine del bueno.



Trailer internacional de 'Boyhood'.


Richard Linklater entrevistado por VICE sobre cómo fue hacer 'Boyhood'.



miércoles, 2 de octubre de 2013

Los tres finales de Breaking Bad.



















Llegó el día. Breaking Bad, la exitosa serie de televisión de la cadena AMC, creada por Vince Gilligan, ha llegado a su esperado fin. El episodio final titulado 'Felina' (un anagrama para "finale" y también una referencia a la letra de la canción de Marty Robbins que escuchamos en la primera escena del episodio) se transmitió el pasado domingo 29 y con ello la aclamada serie se despidió de sus fieles seguidores. Hace más de un año me dejé convencer por las excelentes críticas que leí acerca de la serie y desde que empecé, desde el episodio piloto, quedé atrapado. A medida que avanzaba en su historia, la calidad no decaía y continuaba teniéndome pegado a la pantalla con ganas de más. Adictiva como la metanfetamina que cocinaban los protagonistas. Pero todas las cosas ("malas") deben terminar, como rezaba el slogan de los últimos episodios, y todo el viaje que hemos emprendido como testigos de la transformación de Walter White nos ha llevado a este momento.

Gran parte de lo que sucede en 'Felina' era predecible, es verdad. Después de todo, ya habíamos tenido dos flashforwards en donde se nos mostraba a Walt comprando la M60 y recuperando la ricina. Como quedaron las cosas en el capítulo anterior, 'Granite State', sabíamos que Walt regresaría a Albuquerque y que se enfrentaría a Jack y sus secuaces neo-nazis. Sabíamos que debían morir y que Lydia y Todd debían morir e incluso sabíamos que Walt moriría, si no por el cáncer, en un duelo final à la Scarface. Inevitabilidad; llegados a este punto, las cosas no podían darse de otra manera. Gilligan lo había anunciado en una entrevista: a veces la mejor sorpresa es que no haya sorpresas.

En ese sentido, el final es un buen final, pues es preciso y hace lo que los finales deben hacer, es decir concluir la historia y atar todos los cabos. Si lo que querías era un giro inesperado como esos a los que la serie nos tenía tan acostumbrados al finalizar cada temporada, te equivocabas, pues te olvidabas de que este era el final definitivo. Aun así, hay algo en este final que, para alguien que perdió la fe en el protagonista hace dos episodios, no termina de gustarme. Sí, durante las cuatro primeras temporadas y los trece primeros episodios de la quinta, yo creía en Walter White. No sé exactamente cómo ni por qué, pero me había dejado persuadir por su narrativa, su versión de las cosas. Quería que se salve cuando se encontraba en situaciones peligrosas. Quería que mate a los "malos" y le perdonaba cuando tenía que matar a algún "bueno" porque... Porque todo lo hacía con buenas intenciones y a veces simplemente tienes que sacrificar ciertas cosas para lograr tus objetivos. Odiaba a Skyler y a Marie e incluso tuve un serio conflicto moral cuando Hank empezó a perseguirlo, porque no estaba seguro de quién hacía lo correcto. Pero, de eso se trataba la serie desde el principio, ¿no? Ponernos en una posición difícil a medida que el personaje evoluciona y se vuelve cada vez más malo. Bueno, para mí casi nunca fue difícil. Walt era un ídolo, un genio, alguien a quien admiraba. Todo eso hasta que vi 'Ozymandias' el episodio #13 de la quinta temporada.

Ese es el momento de la caída de Walter White, a.k.a Heisenberg. No solo pierde su dinero y su familia, todo por lo que alguna vez trabajó, la razón por la que hizo todo lo que hizo. Me perdió a mí como fan y estoy seguro, o al menos eso espero, de que perdió a muchos más. Quien haya podido seguir viendo a Walt como antes después de ese episodio tiene tantas emociones como Todd (si saben a lo que me refiero). El episodio es devastador y en muchos sentidos es la retribución de cada decisión tomada por Walt a través de la serie: finalmente cosecha lo que sembró. Hank muere a manos de los neo-nazis que Walt contrató para que maten a Jesse; se llevan la mayor parte de su fortuna enterrada en el desierto y le dejan once millones por compasión; Marie convence a Skyler de que le cuente todo a Walt "Flynn" Jr. y por fin, tras una aparatosa pelea cuerpo a cuerpo con un cuchillo de por medio, Walt pierde definitivamente a su familia, quienes dejan de creer en él y lo ven como aquello en lo que se ha convertido, un monstruo. Fue en esa escena en la que se gestó el cambio dentro de mí. Skyler y Flynn en el suelo, indefensos, muertos de miedo y Walter de pie, sobre ellos, como un loco, con cuchillo en mano gritándoles: "¡Qué diablos les pasa! ¡Somos una familia!". No, Walter, ya cayó el velo de ilusión y es hora de que dejes de engañarte también; la familia se acabó y es tu culpa y la de nadie más. Hiciste mal y este es el resultado. ¿En verdad creía que iba a convencerlos de irse con él a empezar nuevas vidas después de todo esto? ¿Pensó que era posible que olvidaran todo y lo siguieran a donde fuera? Hank está muerto y aunque Walter aún se niegue a reconocerlo, fue por su causa.

Es curioso que me haya tardado tanto en darme cuenta de la increíble capacidad de Walt para manipular no solo a quienes le rodean, sino la versión de los hechos, hasta que se ajuste a una en donde él es víctima de las circunstancias y no el gestor de todo el infierno que desata a su paso. Pocos minutos después de la muerte de Hank al principio de 'Ozymandias', Walt ya encuentra un culpable: Jesse. Fue él quien llevó a Hank a ese lugar, fue él la rata que lo traicionó, y por eso Hank está muerto, ¿verdad?. Walter se convence de esto de inmediato pero ya no logra convencerme a mí. Luego de darse cuenta de que ha perdido a la familia, trata de negar esta realidad controlando al único miembro a quien aún puede controlar: secuestra a su hija Holly. Cuando aun ella, en su inocencia, le da a entender que también la ha perdido, Walter decide reaccionar y armar un nuevo plan. Llama a Skyler y, a sabiendas de que la policía está espiando la llamada, dice una serie de cosas para liberarla de cualquier complicidad con sus delitos. ¿Honorable? En absoluto, era lo mínimo que podía hacer. Además, hay otro motor detrás de esa llamada y ese es la necesidad de Walter de descargarse, decirle a Skyler todo lo que ha querido decirle desde el principio y dejar clara su posición de poder y control. En la escena final Walter se va con el famoso "desaparecedor" de Saul y sabemos que ese es un viaje sin retorno.

Me he demorado tanto en 'Ozymandias' porque para mí ese es el primer final de la serie, el final que Walter merecía. Acabado, sin nada ni nadie, perdidas todas las esperanzas. Luego vino 'Granite State' que comprimió más de dos meses de eventos para al final mostrarnos a un Walter totalmente consumido en su destierro en New Hampshire, víctima del cáncer que ahora ha vuelto y está pasándole factura, quien en su último intento por convencerse de que todo lo que hizo no pudo haber sido en vano, trata de contactar a Flynn para convencerlo de recibir algo de dinero que le enviará. Al ser categóricamente rechazado, finalmente se rinde y acepta que sí, que quizás todo fue en vano y ya no hay nada por qué luchar: llama a la policía y les dice en dónde está. Todo se acabó. Otro final. El segundo final de la serie: Walter tomando un Dimple Pinch seco, esperando a que la policía llegue para llevárselo. Pero no puede terminar así, ¿no? Por supuesto que no. Por casualidad ve a Gretchen y Eliott Schwartz, sus antiguos socios de trabajo de Gray Matter Technologies en el programa de Charlie Rose. Están negando toda asociación de Walter con la empresa. Lo están negando a él. Estos sujetos que consiguieron la riqueza y la fama haciéndolo todo bien, usando la química para ayudar a otros, lograron tener todo lo que Walt siempre quiso (y aún lo tienen) y ahora están negándolo. No, aún hay una forma, aún hay cosas que hacer y personas a quienes poner en su lugar. Esto no puede acabarse así. Mientras el tema original de la serie suena por primera vez completo y dentro de una escena, llega la policía al bar solo para encontrar el vaso de whisky intacto y el asiento vacío. Un cliffhanger muy poderoso, hay que admitirlo, aunque ya sepamos más o menos lo que se viene.

Y así llegamos al final de los finales, 'Felina'. Como ya he dicho, este es el final definitivo y ya solo quedaba que nos muestren cómo se ataban los cabos sueltos. Walter regresa como un fantasma a Albuquerque, eso es todo lo que es ahora, un fantasma que da miedo, con un aspecto que da lástima, entrando a las casas de otros sin que se den cuenta, como si atravesara paredes, apareciendo repentinamente en restaurantes, casi pasando desapercibido, excepto para quienes forman parte de su último plan. En un movimiento genial (y quizás el único realmente inesperado en todo el capítulo), involucra a los Schwartz en su juego sucio y, aterrorizándolos, los obliga a comprometerse a entregarles a sus hijos lo que le queda de dinero (más de nueve millones). Aunque la jugada es magistral, no pude evitar saltar de mi asiento cuando los lásers aparecieron en los pechos de los Schwartz. Sí, luego nos enteramos de que solo eran los zonzos de Skinny Pete y Badger, pero aun así, Walter sigue siendo un villano aterrador.

Luego vemos una escena conmovedora que nos muestra el camino recorrido por Jesse. Está dándole los toques finales a esa caja de madera de la que habló en algún momento mientras estaba en su grupo terapéutico luego de su rehabilitación. Jesse también tenía una vida relativamente feliz y aunque ya se había entregado a las drogas y estaba más o menos perdido cuando lo conocimos al inicio de la serie, el regreso del flashback al presente es demoledor: Jesse encadenado como un animal, torturado, esclavo de los neo-nazis, condenado hasta que se cansen de él a cocinar metanfetaminas de alto grado de pureza. Nunca se nos muestra esto, pero estoy seguro de que esos salvajes lo castigaban cada vez que la pureza decaía. Sin embargo, esto es todo lo que vemos de Jesse hasta la secuencia final y eso es injusto con el personaje. Aparece tan poco tiempo en pantalla en estos últimos episodios que no pude dejar de indignarme por eso y por el rol que le tocó al final. Como si no hubieran sido siempre él y Walter, corazón y cabeza de todo en lo que se vieron involucrados, pero dos, siempre los dos.

Como sea, el plan de Walter sigue en marcha, visita por última vez a Skyler, le entrega el boleto de lotería con las coordenadas de GPS que alguna vez marcaron el lugar en el que enterró su dinero y ahora llevan a la tumba de Hank y Steve Gómez. Le sugiere a Skyler usar esa información para llegar a un acuerdo con el fiscal y librarse de los cargos que enfrenta tras la desaparición de Walt. Con eso no se redime, pero es algo. Pero a continuación, todo da un giro. La segunda sorpresa de 'Felina' viene cuando Walt le confiesa a Skyler que todo lo que hizo, desde el principio, lo hizo por él. "Me gustaba. Era bueno en eso. Me hacía sentir realmente... Me hacía sentir vivo." Este es un giro fundamental y el intento más evidente por redimir al personaje a los ojos del espectador. El hecho de que finalmente haya llegado a esta conclusión, de que finalmente haya dejado de engañarse y haya hecho ese ejercicio de introspección para aceptar que hizo lo que hizo porque así se sentía él mismo es una forma interesante y compleja de redención. ¿Se le perdona? ¿Arregla con esto todo el mal que hizo en el camino? No, por supuesto que no, pero así puede morir en paz. Una vez más, Walter White, maestro de la tergiversación, reestructura la narrativa como mejor le conviene.

La descarga (literal y de emociones) que sigue era lo que habíamos estado esperando desde hace rato. Walter entra al complejo neo-nazi y elimina a todos esos matones de sangre fría en una escena con mucho ruido, balas, sangre y destrucción. Sí, me hubiera gustado más si usaba la química, su pasión, de alguna forma (aunque terminó usándola con Lydia), pero la balacera tipo Tarantino funcionó mejor para el clímax del episodio. Un movimiento predecible, por supuesto, pero acertado. Solo queda Todd, quien para el regocijo perverso del espectador, es estrangulado por Jesse quien usa las mismas cadenas con las que fue esclavizado. Nunca me había alegrado tanto por al muerte de un personaje en esta serie. Bueno, quizás la de Tuco también fue catártica en su momento.

Y ahora tenemos a Walt y Jesse enfrentados el uno con el otro. Por fin, solo quedan los dos. Walter reta a Jesse a que lo mate, en verdad lo desea, siente que es lo que merece, pero Jesse, al ver la herida de Walt en un costado (una de las balas de la M60 lo alcanzó a él también) decide que ya tuvo suficiente de este loco maniático manipulador, que ya es hora de liberarse de él, salir de la jaula y terminar con el control: "Hazlo tú mismo". Jesse sale del complejo en el auto de Todd y mientras acelera y rompe las puertas y grita y ríe y llora de felicidad, nos alegramos con él. Al parecer ha roto todas las cadenas al fin y tendrá el final que se merece. ¿Walter lo salvó? ¿Le vamos a perdonar todo el infierno que trajo a la vida de Jesse desde el día uno? Cada quien lo decidirá.

Por último, Walt entra el laboratorio de meta de los neo-nazis, toma una máscara en sus manos, acaricia las máquinas, su verdadero amor, la química, la producción de meta, lo que le hizo sentir realmente vivo por primera vez en su vida y es ahí donde muere, en brazos de su Felina (recuerden la letra de "El Paso"), con una ligera sonrisa en el rostro, antes de que la policía llegue, todo esto al ritmo de "Baby Blue", cuya letra empieza "Guess I got what I deserved...". ¿Es así? ¿Tuvo Walt lo que se merecía? Difícil de responder sin extenderme en exceso. Es verdad que ya lo perdió todo y que no tenía más razón para vivir que hacer todo lo que hizo en este episodio, pero todo el plan le sale tan bien y cierra cada línea argumental tan a la perfección y a su conveniencia que es difícil no considerar la teoría de Norm MacDonald, según la cual todo lo que sucede en 'Felina' es la fantasía de un hombre enfermo, que empieza cuando entra a ese Volvo cubierto de nieve. Teorías son teorías y solo eso; el final de Breaking Bad, dada la reputación y la costumbre ultra-realista de la serie, no puede terminar así, en donde resulte que las cosas suceden solo dentro de la cabeza de un personaje. ¿Es el final perfecto para la serie? Es imposible complacer a todo el mundo y creo que este es el final que dejará contentos a la mayoría de fans. Es un final agridulce. Para que todos los gustos queden satisfechos, lo mejor es considerar a los tres últimos episodios como el final. Escoge el que prefieras o júntalos a todos. Lo cierto es que todas las cosas malas deben terminar y ésta, en particular, es la mejor "cosa mala" que he visto en televisión y la voy a extrañar.




viernes, 5 de julio de 2013

“π”, de Darren Aronofsky.



"When your mind becomes obsessed with anything, you filter everything else out and find that thing everywhere."

Para contar bien una historia de obsesión y paranoia, es necesario ser capaz de transmitir tales estados mentales al espectador; entrar en su cabeza e implantarle todas esas preocupaciones hasta hacerle delirar. En “Pi”, su film debut, Aronofsky  se adelanta a lo que se convertirá en la firma particular de su filmografía y lo consigue de manera magistral. ¿Cuál es este sello personal? El declive y la progresiva autodestrucción de un personaje central a causa de la entrega total a sus ideales. 

Conozcan a Max Cohen, un matemático teórico que vive solo en su apartamento y cuyo círculo social se reduce a una niña que gusta de usarlo como calculadora humana y su mentor, Sol, con quien ocasionalmente juega al Go. Desde el principio queda claro que algo no anda muy bien en la cabeza de Max y que sus problemas van más allá del excentricismo y la falta de habilidades sociales. El tipo “rarito” siempre va a tener unas ideas igual de “raritas”. Tras conocer a un entusiasta judío en un bar y cruzar algunas de estas ideas con él, la vida de Max empieza a irse vertiginosamente al carajo a medida que sigue encontrando pruebas que confirman sus delirantes teorías.

El manejo visual que Aronofsky le da a esta trama acentúa sus cualidades paranoicas y obsesivas. Recurriendo a técnicas que ya son consideradas su marca registrada (primerísimos planos detalle presentados mediante un montaje rápido, planos picados y subjetivos, fast motion, entre otros), el autor pretende que percibamos la realidad de la misma forma en que lo está haciendo su trastornado personaje, llevándonos al interior de esa mente y consiguiendo un efecto de empatía muy vívido. No pasa mucho tiempo antes de que estemos metidos de cabeza en el mundo de Max, compartiendo sus ideas, sus angustias e incluso sus dolores. En este sentido, “Pi” es el thriller psicológico por excelencia.

La elección del formato blanco y negro tampoco es casual. La frialdad y la monotonía de la vida del matemático quedan mejor representadas así, sin color, o, en todo caso, mediante un sistema de color binario (blanco/negro, verdadero/falso, 1/0). Todo esto acompañado de una banda sonora que va a ritmo con el proceso mental del protagonista, enfatizándolo. Tratar de recrear la misma historia sin el uso de esos recursos la despojaría en gran medida de su fuerza narrativa.

Aronofsky es bueno mostrándonos los peligros de los excesos, vidas arruinadas por ideales llevados hasta sus últimas consecuencias, gente que se pierde a sí misma haciendo lo que ama. Si no consiguiera que conectemos con esos personajes, todo se echaría a perder, pero lo consigue, y muy acertadamente. “Pi” marca el inicio de la carrera de un director arriesgado que se atreve a contar tragedias humanas vistas de muy cerca. Demasiado cerca, a veces.


martes, 14 de mayo de 2013

"Random Access Memories", de Daft Punk.


Internet no espera. La velocidad a la que se mueve todo en la gran autopista de la información  es incluso capaz de anular por completo algo que hasta hace unos años era tan significativo: la impaciente y ansiosa espera por el lanzamiento de un nuevo disco. Aunque solo con una semana de adelanto, toda la expectativa se ha venido abajo con el leaking del esperado nuevo álbum del dúo electrónico francés Daft Punk. 


De Random Access Memories ya se venía diciendo que podía ser el éxito del año o un rotundo fracaso y es triste para un fan de la banda tener que admitir que fue la última predicción la que más se acercó a la verdad. Pero antes de que salten sobre mí enfurecidos, voy a aclarar algo: el disco no decepciona en cuanto a calidad musical, sino más bien en lo que tiene que ver con la fidelidad al estilo de la banda. Puesto de otra forma: si le ponemos a un seguidor de Daft Punk a escuchar  el disco sin decirle de qué se trata y le pedimos que adivine el artista, estoy casi seguro de que no lo lograría. Es más: lo más probable es que piense que se trata de un mix de varios artistas, y en esta apreciación no se equivocaría demasiado. 

¿Random Artists Mixes? 

Random Access Memories cuenta con la colaboración de artistas tan variados como Panda Bear (de Animal Collective), Julian Casablancas (de The Strokes), Todd Edwards, DJ Falco, Chilly Gonzalez, Nile Rodgers (de Chic), Paul Williams (el compositor original de "One is the loneliest number"), Pharrel Williams (de The Neptunes y N.E.R.D) y el padrino de la música electrónica, Giorgio Moroder. En mi opinión, todos estos feats le quitan identidad al disco. Es difícil reconocer detrás de tantas y tan variadas voces a los Daft Punk que todos conocemos. 

Un disco nostálgico-conceptual.

Si bien esta es la primera impresión que el disco genera en cualquier seguidor de la banda, hay que entender que la decepción se debe sobre todo a unas expectativas equivocadas. El disco ya había sido anunciado como un tributo al pasado, a la música de los 70s y 80s, los orígenes de la electrónica. Bangalter y de Homem-Christo decidieron dejar de lado las computadoras, los samples y casi todas las máquinas para dar paso a una composición más tradicional, con instrumentos musicales, baterías reales, voces y demás.  Random Access Memories se convierte así en un disco nostálgico, el homenaje de la banda a sus raíces. De esto nos damos cuenta tan pronto como Giorgio Moroder (en el tema que lleva su nombre) empieza a hablar de la historia de la música electrónica a través de su propia historia, mientras escuchamos armonías jazzeras sobre samples setenteros. 

La espera continúa.

Si lo que esperas es una explosión de electrónica para saltar, bailar, mover la cabeza y golpear con el puño lo que tengas cerca al ritmo de los beats, el disco no te va a gustar. Si lo entiendes como un momento, una transición de la banda, un álbum casi conceptual en el sentido del tributo a una época, y además logras admirar el input de la banda y su versatilidad, vas a disfrutarlo. Sin ponernos remilgados, el espíritu de los robots (vaya ironía) aún se siente presente, como un susurro en la mayoría de temas. Y el progresivo tema final, "Contact", tiene tanta fuerza y es tan daftpunkiano que transmite un mensaje al estilo de las películas de James Bond: "DAFT PUNK VOLVERÁ EN UN PRÓXIMO DISCO". A esperar otra vez. 

lunes, 29 de abril de 2013

"The adventures of Huckleberry Finn", de Mark Twain.





Mi primera impresión tras terminar la lectura de Las aventuras de Huckleberry Finn fue que me había tardado muchos años en descubrir este libro. Pensé (y pensaba a medida que lo leía) que debí haberme acercado a él cuando aún era un púber, cuando podía identificarme mejor con Huck Finn, en fin, cuando era un muchacho más inocente. De eso iba a tratar esta reseña: de la importancia de esta novela como lectura iniciática, de cómo me aseguraré de que mis hipotéticos y poco probables futuros hijos y nietos lo lean  (junto con Alicia, El Principito y El Hobbit) antes que ningún otro libro. Ahora lo pienso bien y decido que no, que las aventuras de Huck Finn o de Tom Sawyer (que hace un cameo en este libro y que, por cierto, me cae muy mal) no son literatura infantil o juvenil en absoluto, más bien son historias muy duras, difícilmente digeribles por un niño. De pronto entiendo la intención de Mark Twain: que el lector se parta de la risa. Este es un libro para leerse con mucho sentido del humor, pero esto solo se consigue observando a sus personajes desde fuera, desde la imposibilidad de cualquier  identificación, desde las alturas sin retorno de la vida adulta. 

He perdido la cuenta de cuántas novelas han sido ennoblecidas con el rimbombante título de "La Gran Novela Americana". Al respecto, mi opinión es que hay una gran novela americana por cada década de la cambiante historia de ese país, una obra de ficción que representa todo lo que Estados Unidos fue durante determinados diez años; después de eso la misma historia ya no sería representante fiel de la realidad. 

Esta es, sin asomo de duda, una de esas novelas: en ella tenemos la oportunidad de echar un vistazo a los Estados Unidos previos a la Guerra Civil a través de los ojos de un niño que viaja por el Mississippi río abajo (creyendo que está viajando río arriba) en compañía de un esclavo negro al que ha ayudado a escapar. Huck y Jim, prófugos, ingenuos y blanco fácil de infinidad de peligros, se embarcan en una aventura épica de la cual no cualquiera habría salido vivo. Si ellos se salvan es precisamente debido a las características que en apariencia los hacen más vulnerables. Y claro, gracias a la perspicacia y la habilidad para mentir del buen Huck. Pese a que en ocasiones podría confundírsela con una novela moral, Twain deja bien claro desde el principio, en una genial advertencia introductoria, que cualquiera que intente encontrar lecciones, razones o incluso una trama en su narrativa, será juzgado, desterrado y hasta podría recibir un disparo. La misma advertencia debería abrir toda obra literaria.


Un pensamiento aislado que no puedo reprimir: me gusta confundir la realidad con la ficción, pero me gusta más confundir la ficción con la ficción, entrelazar historias que nunca sucedieron. Así me he convencido de que uno de los hijos del viejo Jim terminó por convertirse en Django "Freeman", el prócer de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos (remitirse al último film de Tarantino). 

Y un consejo final: hay que leerla en inglés. No quiero ni pensar cómo acometieron la traducción de un texto con tantos dialectos (están el dialecto de Jim y de los negros de Missouri, la variedad de acentos sureños en algunos personajes), pues el autor también explica, antes de iniciar, que no los ha transcrito al azar o por adivinanza, sino tras un muy arduo esfuerzo y gracias a su experiencia y familiaridad con los mismos. Esto puede resultar confuso al principio, sobre todo para un lector que viene de otro idioma, pero pronto se vuelve divertido y nos permite imaginar con más detalle los diálogos y así tener una experiencia más completa. Es lamentable lo mucho que se pierde en cualquier traducción, pero estoy convencido de que en esta en particular se pierde mucho más.


jueves, 14 de marzo de 2013

Dietario prescindible.

Es inevitable empezar esta entrada sin dar algunas explicaciones sobre el aparente abandono del blog en las últimas semanas. Baste decir que la mayor parte de ellas se reducen a una: holgazanería. Ni siquiera he leído muchos libros ni visto muchas películas (ni hablar de discos nuevos) en este tiempo, así que, por otra parte, ¿sobre qué habría podido haber escrito? A fin de cuentas, este dietario (por nombrarlo de alguna manera) no se lo debo a nadie más que a mí mismo, así que si lo abandono ocasionalmente, yo soy el único afectado (si es que me afecta en algo). Vuelvo a escribir, aunque no tenga nada concreto sobre lo que escribir, sobre todo porque extraño escribir. Hace un par de días me puse a escribir un cuento. Todo el proceso fue muy rápido, me tomó un día y medio, y la satisfacción obtenida al finalizarlo me recordó cuán divertido y apasionante puede ser. Es un buen cuento, con una idea de fondo original y bien explotada. Creo que ese impulso narrativo surgió a raíz de la lectura desaforada de la última parte de Llamadas telefónicas. El estilo es muy deudor de Bolaño, desde luego, como todo lo escrito por quienes nos consideramos sus hijos de letras, y quizás por eso parece un buen cuento. Es interesante compararlo con mis primeras aproximaciones al género: la evolución salta a la vista. Fue entretenido compartirlo con amigos entendidos, recibir algo de feedback y todo eso. Todo esto para justificarme y asegurar (asegurarme a mí mismo) que no he abandonado la escritura del todo y quizás no deba abandonarla aún.

Poco ha sido lo que le leído últimamente, nada digno de mención, realmente. Tras la lectura de Las correcciones, empecé con libros más bien pequeños como Curso de filosofía en seis horas y cuarto, de Gombrowicz, divertido, fugaz y sobre todo cristalino para los que disfrutan de refrescarse en las aguas de la filosofía de vez en vez; El gran Gatsby (otro clásico menos de la lista), bastante bueno, la verdad, lamento no haberlo leído antes; El hobbit, en un intento por incursionar en lo fantástico de la mano de uno de los que se supone que son realmente buenos con ese género, y debo admitir que no me decepcionó en absoluto, una narración impecable, digna de un inglés oxoniense, pero creo que tuve suficiente como para postergar la trilogía de los anillos hasta un futuro no muy cercano. Finalmente arremetí con un ensayo, para deleitar mi mente ávida de argumentos controvertidos, cubierto del brillante y agudo humor de un autor muy querido para mí, aunque este sea su primer libro que leo. Se trata de Christopher Hitchens y su Dios no es bueno, un delicioso alegato contra la religión y una reivindicación del ateísmo, el agnosticismo y la libertad de simplemente no creer en nada. 

Antes de decantarme por mis próximas lecturas, atravesé una especie de crisis. Tenía dos opciones, o me lanzaba de cabeza sobre la monumental obra maestra de Pynchon, El arco iris de gravedad, o empezaba con algo más ligero, como Desayuno en Tiffany´s. Incluso leí las primeras páginas de estas obras, así como las del Libro del desasosiego, de Pessoa, pero las fuerzas me flaquearon. Una mañana abrí mi e-reader y de pronto decidí que la era hora de empezar con La vida, instrucciones de uso, y heme aquí enfrentándome a otra obra enciclopédica, al más puro estilo de Rayuela. El libro escoge al lector, me gusta pensar ese tipo de idioteces, me hacen sentir mejor. El libro de Perec va bastante bien, aunque lo estoy leyendo lentamente. Uno tiende a perderse al principio, lo cual es muy atractivo para mí porque la experiencia me ha enseñado que la recompensa siempre llega en libros que empiezan así. A la par, he empezado con otro dietario, esta vez del maldito Bolaño. Son casi dos años en que no he leído nada de Bolaño, después de haberlo devorado casi todo en un período de tiempo más bien corto. Entre paréntesis es muy entretenido pues reúne todo lo que escribió fuera de lo narrativo o poético, "lo más cercano a una autobiografía", se atreven a decir por ahí. Me entretiene bastante, había olvidado su humor, su sarcasmo, su pedantería, su brutalidad. Es como reencontrarse con un viejo amigo que a la vez es tu maestro indiscutible. 

Es muy poco lo que puedo decir en cuanto a películas, aún cuando este blog no les ha dedicado mayor espacio. La verdad es que son más bien las series de televisión las que se han ganado mi interés en este último tiempo, siendo 'Breaking Bad', de Vince Gilligan, algo que me atrevería a calificar como obra maestra. No es broma. Los escritores de esta serie pudieron haberla convertido en una novela de muy buena calidad, pero optaron por un formato más comercial, lo cual no desmerece su ingenio. Quien no la haya visto todavía, se está perdiendo de unos de esos eventos televisivos que van a pasar a la historia. Pero debo advertirles sobre su potencial adictivo y su capacidad para promover la procrastinación. Ya hay debates en la red sobre si las series de televisión de hoy en día (las de calidad por supuesto, no todas) están reemplazando a la literatura en la creación de clásicos. Yo no iría tan lejos, pero algunas de ellas sí merecen ovaciones.

Y esto es lo que me ha ocupado en las semanas pasadas. No es mucho, pero como se ve, no me ha dado nada lo suficientemente extenso o apasionante como para escribir. O quizás sí y lo único que estoy haciendo es justificar mi holgazanería. Ya vendrán tiempos mejores, temas apasionantes, ganas de escribir algo más que excusas.


jueves, 31 de enero de 2013

"Las correcciones", de Jonathan Franzen.





"La Gran Novela Americana Contrmporánea". Eso resume lo que pienso de Las correcciones y debería bastar como reseña. Pero me voy a extender justificando esta apreciación. No sé si Franzen se lo propuso al escribirla, pero estoy seguro de que lo consiguió. Sí, David Foster Wallace y su Broma infinita  me gustan mucho más y no voy a discutir su complejidad superior (y muchas otras características que la hacen única y merecedora de todos los elogios) pero, a pesar de tratarse de autores contemporáneos y hasta amigos entre sí, no considero que sean novelas comparables. Estoy hablando de una novela que refleje las características de los Estados Unidos en este momento, en este siglo, en este zeitgeist, y Las correcciones lo consigue magistralmente al traducir la realidad completa y actual de todo un país a través de las vicisitudes de una familia: los Lambert. Eso es para mí "la Gran Novela Americana Contemporánea" (título horriblemente pomposo, pero nunca mejor merecido).

Todos los elementos están presentes:

  • El patriarca, Alfred, que forjó los cimientos de la familia, típico macho norteamericano, corpulento, listo (es interesante descubrir que leía a Schopenhauer en su juventud), machista, terco. Somos testigos de su auge y de su humillante pero inevitable caída. A su alrededor crece y florece el resto de la familia, gracias a él, directa o indirectamente, todos son lo que son, estén o no dispuestos a admitirlo.  
  • Luego está Enid, la madre, la esposa, la histeria en vida. Enid es todo emoción, la contraparte del intelectual y serio Alfred. Pasa su vida permitiendo que este la corrija, aceptando sumisamente la culpa de todo lo que ha ido mal pero sabiendo que es su esposo quien debería hacer las cosas de otra manera. Deposita todas sus esperanzas (engendradas en la frustración de su propia vida) en sus tres hijos. 
  • Gary, el mayor, es el más exitoso desde los parámetros norteamericanos y, sin embargo, el menos satisfecho. Aun cuando sus padres deberían estar orgullosos de él por haber alcanzado todo lo que se esperaba y más, vive en constante conflicto con estos pues ellos son los que, mientras envejecen, no se ajustan a los estándares materialistas de este hijo. Gary lucha contra el diagnóstico de depresión clínica, dado por Caroline, su esposa, y se empeña en demostrar que todo en él está bien, con resultados casi catastróficos.
  • Le sigue Chip, una amalgama entre intelectual-artista-profesor. Un cliché. Es el fracasado de la familia (según la opinión de sus hermanos, porque sus padres le tienen en alta estima). Después de casi tocar fondo, huye hacia Lituania a la primera oportunidad y se embarca en un trabajo para el que no tiene ninguna experiencia y que sin embargo le permite vivir mucho mejor de lo que jamás pudo en Estados Unidos. Pero tarde o temprano tendrá que volver y enfrentarse a la realidad. Quizás el único hijo al que no le importan en lo más mínimo las expectativas de sus padres; vive de manera hedonista, para sí.
  • Finalmente está Denise, la última hermana. Denise, la insegura, la que no sabe lo que quiere, la que hace todo lo que hace por satisfacer a sus padres, buscando un equilibrio con lo que ella desearía para sí misma. Se debate entre el éxito profesional y su dubitativa orientación sexual. Adora a sus padres y reprende a sus hermanos cuando estos los desvaloran. Denise parece la más sana y estable, pero debajo de su cara bonita hay mucha oscuridad. 

Por separado, todos estos personajes son magníficamente construidos; su psicología es de las cosas mejor elaboradas que he visto en ficción. Me he tomado la molestia (que en realidad fue un placer) de retratarlos brevemente porque están muy frescos en mi mente y siento que los conozco muy bien. Muchas de las reseñas negativas sobre la novela hacen referencia a lo insoportables que pueden llegar a ser los personajes. Estoy de acuerdo con esa opinión, pero es necesaria una acotación: son insoportables porque se parecen mucho a nosotros, a esa parte de la que no nos gusta presumir, porque muestran la realidad dura y pura de un ser humano habitante del siglo XXI. ¿Y cuál es el trabajo de la buena ficción? Ese, precisamente. Así que si los personajes son incómodos, es porque la realidad, desprovista de todo maquillaje, es terriblemente incómoda.

He dicho todo esto en relación a los personajes por separado, analizándolos uno por uno, lo cual, de entrada, es un error. Desde el principio está claro que todos ellos, como familia, se definen mutuamente. La dinámica familiar retratada por Franzen es hermosa en su complejidad. Cualquiera que tenga familia (lo que equivale a decir "cualquiera que tenga sangre") se sentirá reflejado en al menos una de las escenas que muestran las relaciones entre los miembros de esta "adorable" familia. De hecho toda la trama (no lineal) va poco a poco convergiendo en el capítulo final: la reunión para la última cena de Navidad, que como clímax no decepciona.

¿Hablo sobre el título? De acuerdo. Es evidente, a medida que vas conociendo a los personajes, que todos están buscando cambiar algo en ellos mismos o en los otros (o hacer lo uno a través de lo otro, que es más común). Mejorar, arreglar, corregir. Sucede a lo largo de toda la novela, con referencias directas o veladas. Mi favorita, por ser una especie de broma (y eso siempre me recuerda a David Foster Wallace) es la del procedimiento neuroquímico que se supone que curará el Parkinson de Alfred y con ello mejorará la vida de todos: su nombre es "Corecktall" (pronúnciese correct all). Lo último que quiero es buscarle moraleja a la historia, pero aquí va una idea final: reconocer que hacer correcciones es algo inherente a nuestra naturaleza es reconocer que somos imperfectos y que sin importar lo bien o mal que nos vaya en la vida, nunca nos cansamos de corregir, nunca estamos conformes. 

La Gran Novela Americana, al menos de la primera década de este siglo, se llama Las correcciones. Esto puede gustar a unos y fastidiar a otros, pero es un hecho. Opinen lo que quieran.




miércoles, 16 de enero de 2013

Primer y anticipado vistazo a "Las correciones", de Jonathan Franzen, en vista de la polarización de la crítica.




No creo haberme encontrado antes con una novela que generara opiniones tan polarizadas como las que genera Las correciones, de Jonathan Franzen. Por las críticas que voy leyendo en todo Internet (sí, soy de los que leen críticas antes, durante y después) me voy dando cuenta de que es uno de esos libros que amas u odias. No me meto con el autor; ya sé que algunas de esas reseñas están escritas con un odio visceral hacia Franzen por una u otra razón, uno que otro escándalo gringo, algo relacionado con Ophra Winfrey y un programa de televisión que por suerte nunca he visto y ahora, con toda seguridad, nunca veré. Yo me meto con la obra, con su contenido y su calidad, si es que la hay. Y resulta que hasta el momento hay calidad, y mucha. Estoy aproximadamente en la mitad de la novela y no encuentro ninguna razón para abandonarla. La narrativa es impecable, los personajes extremadamente bien construidos, la trama no lineal (que se desarrolla sobre todo en las cabezas de los personajes) es muy atractiva y en fin, la novela va bien y si sigue a este ritmo va a estar entre mis favoritas. Claro que podría perder fuerza y podría empezar a volverse aburrida y el final podría decepcionar. Pero ese es el riesgo de toda lectura.


"Jonathan Franzen es David Foster Wallace con Rivotril." —Yo, en Twitter

Creo que de Franzen se espera demasiado, por haber sido amigo de David Foster Wallace, por formar parte (aunque a muchos incomode) de la narrativa norteamericana posmoderna, por haberle escuchado compararse con Pynchon, De Lillo y Roth. Franzen es un escritor bueno (muy bueno, diría yo) de quien se epera genialidad, pero ese estándar de genialidad no está muy bien definido y está bastante marcado por el esnobismo y el elitismo literarios, muy de moda. Y es curioso que sus mayores detractores no se den cuenta de cómo caen en el mismo error del que le acusan: la arrogancia. Yo hablo por Las correcciones, que creo (y todos estarán más o menos de acuerdo) que es su Opus Magnum. Por ningún otro libro. Pero es mejor no adelantarse mucho; no quisiera retractarme en el siguiente post, una vez que termine la novela, y terminar uniéndome a ese coro de voces que abuchean a Jonathan Franzen incansablemente. Francamente lo dudo, pero ya se verá.


jueves, 22 de noviembre de 2012

"Tu rostro mañana", de Javier Marías (fragmento).




Las separaciones de esta índole no tienen sentido, por normales que se hayan hecho en el mundo desde hace ya mucho tiempo. Uno se pasa años girando en torno a una persona, contando con ella en todo instante, viéndola a diario como si fuera una prolongación natural de sí mismo, llevándola incorporada en sus andares y en sus ocupaciones, en sus divagaciones y hasta en sus sueños. Pensando en contarle la menor nimiedad que haya presenciado o que le haya ocurrido (...) Uno es con esa persona (...) Tiene un conocimiento de sus pensamientos y preocupaciones y actividades permanentemente renovado, detallado y constante; sabe cuáles son sus horarios y sus costumbres, a quiénes ve y con qué frecuencia; y cuando al caer la tarde uno se encuentra con ella los dos nos contamos lo que nos ha pasado y lo que hemos hecho durante la jornada, en la que ninguno abandonó del todo la conciencia del otro en ningún momento, y a veces esos relatos son pormenorizados; después se acuesta uno con ella y es lo último que ve en el día, y —lo que es más extraordinario— se levanta también con ella, que sigue ahí por la mañana, al cabo de las horas privadas, como si fuera uno mismo, que jamás se marcha ni desaparece y a quien nunca perdemos de vista; y así un día tras otro a lo largo de muchos años.
 
Y de pronto —aunque no es "de pronto", pero así parece una vez consumado el proceso y asentado el alejamiento: de hecho es "muy poco a poco" y además vimos su inicio, pero sin querer enterarnos—, uno pasa a no tener noción de lo que esa persona piensa, siente y hace cotidianamente; transcurren días y semanas enteras sin que haya apenas noticia, y ha de recurrir a terceros —quienes solían saber mucho menos: en comparación con uno, nada— para averiguar lo más básico: qué vida lleva, a quién ve, qué la angustia, con quién sale, si tiene un dolor o se ha puesto enferma, si su ánimo es ligero o nublado, si le han dado un disgusto o le han hecho daño, si el trabajo la agota o la agobia o le trae satisfacciones, si teme el envejecimiento, cómo ve el futuro y cómo contempla el pasado, de qué modo me mira a mí ahora; y a quién quiere.

No tiene ningún sentido que se pase del todo a la casi nada, cuando nunca dejamos de recordar y en lo fundamental somos los mismos. Todo es ridículo y subjetivo hasta extremos insoportables, porque todo encierra su contrario: las mismas personas en el mismo sitio se aman y no se aguantan, lo que era afianzada costumbre se vuelve paulatinamente o de pronto —tanto da, eso es lo de menos— inaceptable e improcedente, quien inauguró una casa encuentra prohibida la entrada en ella, el tacto, el roce tan descontado que casi no era conciencia se convierte en osadía u ofensa y es como si hubiera que pedir permiso para tocarse uno mismo, lo que gustaba y hacía gracia se detesta y estomaga y se maldice y revienta, las palabras ayer ansiadas envenenarían el aire y provocarían náuseas, no quieren oírse bajo ningún concepto, y las dichas un millar de veces se intenta que ya no cuenten.
 
Borrar, suprimir, desdecirse, cancelar, y haber callado ya antes, esa es la aspiración del mundo y así nada es o nada es nada, las mismas cosas y los mismos hechos y los mismos seres son ellos y también su reverso, hoy y ayer, mañana, luego, y antiguamente. Y en medio no hay más que tiempo que se afana por deslumbrarnos, lo único que se propone y busca y así no somos de fiar las personas que por él aún transitamos, tontas e insustanciales e inacabadas todas, sin saber de qué seremos capaces ni lo que al final nos aguarda, tonto yo, yo insustancial, yo inacabado, tampoco de mí debe nadie fiarse.
 
 

domingo, 28 de octubre de 2012

Dos novelas.



Esta reseña se va a terminar cuando mencione el nombre del autor de los libros sobre los que trata. Podría hacerlo ahora mismo y así ahorrarles una retahíla de impresiones sensibleras y subjetivas, pero no lo haré. Sigan leyendo, a menos que su curiosidad u holgazanería (o las dos cosas juntas) no se los permitan; entonces salten al final. 

Leí dos novelas en esta semana. Lo hice como si coqueteara con ellas, como si fueran amantes o amoríos de una noche (en uno de los casos fue en efecto un amor de una noche, o de una madrugada, para ser más exactos). Las leí para darme un respiro, para probar por un momento muy breve un sabor diferente al que estaba acostumbrado en el último par de meses. Todos lo hacemos de vez en cuando y viene bien, para refrescarse. El problema está cuando te gusta y quieres quedarte. Pero eso no pasa con estas novelas. Desde que empiezas sabes que no perdurarán. Abres sus páginas y las consumes con tal avidez, con tal desesperación, que casi no puedes respirar. Se disfrutan enormemente, claro, como cualquier one-night-stand, pero desde el principio se tiene la certeza absoluta de que no van a ser más que eso, no pueden serlo. A lo mejor es justamente eso lo que las hace tan buenas. 

La brevedad las caracteriza. La brevedad, que no es sinónimo de simpleza. Por el contrario: asombra cuántas cosas es capaz de meter el autor en tan pocas páginas, en tan pocas palabras. Y es curioso, pero quedan tan perfectas, tan bien cerradas, que uno tiene la impresión de que si el autor añadía una página más, se habrían arruinado.

Ambas novelas son un pretexto para cuestionar la utilidad de la literatura. ¿Para qué escribir libros? ¿Para qué contar historias? ¿Cuál es la utilidad de la ficción?. Cuando uno está enfermo de literatura, estas preguntas le parecen necias. Pero tras leer estas historias de gente que escribe y que deja de escribir y luego vuelve a escribir y parece difuminarse entre su vida real y la ficción, las mismas preguntas se vuelven duras, muy duras de afrontar. 

En ambas hay protagonistas que escriben, y lo que escriben nunca trasciende. Escriben para sí mismos, o a lo sumo para una persona particular. Ambas están oscuramente conectadas por varios detalles, pero sobre todo por un detalle. Hasta los nombres de los protagonistas se parecen (y debieron haberse llamado igual, de no ser porque el oficial del registro civil escuchó mal el nombre de uno de ellos). En ambas hay mujeres que se van (pero las mujeres siempre se van, supongo que esa no es una coincidencia).

El autor es chileno, heredero de la tradición de Bolaño. Un escritor latinoamericano contemporáneo que me ha sorprendido con sus dos breves novelas. Me ha fulminado. Las novelas son Bonsái y La vida privada de los árboles. El autor: Alejandro Zambra. 


viernes, 12 de octubre de 2012

Justificación injustificada.


Las justificaciones son siempre innecesarias. Nadie las necesita; las cosas se dan y no hay necesidad de andar explicando por qué. Los porqués son siempre rebuscados. Este blog atravesó un período de escasez de contenidos debido a las tribulaciones existenciales que atacaron a su autor. Mejor no entrar en detalles al respecto. Durante unos minutos, antes de empezar a escribir esto, el autor consideró la posibilidad de cerrar el blog, sin despedidas ni avisos de ningún tipo. "Nadie lo extrañaría", eso pensó. Pensó otra vez. Decidió que en realidad no era culpa del blog; este no había perdido su razón de ser. Aún serviría. Aún sería una bitácora para registrar ocasionales impresiones (más o menos inadecuadas o fuera de lugar) respecto a lo que leía, veía o escuchaba, lo cual siempre cumplió una función liberadora. Quizás al universo le de lo mismo si este blog existe o deja de hacerlo, pero al autor le importa, aunque últimamente ande pensando que no. El blog cumple un año en este mes y ese tipo de rituales humanos obsesionados con la temporalidad sí terminan cargando de significado a las cosas. Por eso se quedará. Por eso sobrevivirá. Es más: para garantizar su supervivencia ante potenciales crisis futuras, desde este momento la existencia del blog es independiente de la de su autor. Ya no serán uno los dos. No creo que haga falta resaltar lo que eso implica: el autor deja de ser absolutamente responsable por los contenidos. "Cadáver Exquisito" está vivo, ergo, tiene voluntad propia. Reading discretion is advised. 

sábado, 29 de septiembre de 2012

Nunca te vi llorar.
Ahora que lo pienso,
nunca.

¿Qué muralla levantaste
al final de la playa
para que la marea
jamás llegue
a la vereda?

¿Qué pobre ventaja conseguís
andando por la vida
torciéndoles los brazos a las hadas,
apretando los dientes?

Es cierto,
alguna vez dijiste
que un día
decidiste
que ya nada te haría daño.

Le deseo
a tu engaño
                          que
                                   se
                                       d
                                          e
                                             s
                                                m
                                                    o
                                                       r
                                                          o
                                                             n
                                                                e
                                                                    .

Pronto.

—Pedro Aznar

jueves, 23 de agosto de 2012

Diez frases pasivo-agresivas a evitar.


Nota introductoria: Este post es una traducción casi literal de un artículo publicado por la revista en línea Psychology Today, en noviembre de 2010. Considero que todos conocemos a alguien con las características aquí descritas y en muchas ocasiones nosotros mismos nos descubrimos comportándonos así. La intención no es psicologizar cada aspecto de la vida cotidiana —típica tendencia entre estudiantes de psicología—, sino más bien ampliar el entendimiento de nuestra conducta para mejorarla. Y sí, también se permite presumir ante otros ("¡Ahá, eso que estás haciendo es tan pasivo-agresivo!").




¿Hay alguien en tu vida que siempre te haga sentir como si estuvieras en una montaña rusa de emociones? ¿Conoces a alguna persona que sea amigable un día y al día siguiente se muestre enfurruñado? ¿Algún familiar o amigo procrastina, pospone, evita o hace de menos cualquier conversación que aluda a emociones? ¿Eres tú mismo en ocasiones esa persona? Si respondiste "sí" a cualquiera de estas preguntas es probable que estés interactuando con una persona pasivo-agresiva o mostrando tú mismo signos de comportamiento pasivo-agresivo.

El comportamiento pasivo-agresivo se define como una forma deliberada y enmascarada de expresar sentimientos encubiertos de ira (Long, Long & Whitson, 2008). Incluye una serie de comportamientos diseñados para vengarse de otra persona sin que esta reconozca la ira subyacente. Estas 10 frases pasivo-agresivas comunes pueden servir como un sistema de advertencia temprana para ayudarnos a reconocer hostilidad oculta dirigida hacia o desde nosotros. 


1. "No estoy enojado."

Negar los sentimientos de enojo es un comportamiento pasivo-agresivo clásico. En lugar de ser directos y honestos cuando se les pregunta sobre sus sentimientos, las personas pasivo-agresivas insisten en no estar molestas, aún cuando estén furiosos(as) por dentro. 

2. "Bien." / "Como sea."

Enfurruñarse y abandonar discusiones son estrategias primarias de las personas pasivo-agresivas. Ya que el comportamiento pasivo-agresivo es motivado por la creencia de la persona de que expresar ira directamente solo contribuirá a empeorar su vida (Long, Long & Withson, 2008), la persona pasivo-agresiva usa frases como "Bien" y "Lo que sea" para expresar ira indirectamente y para suprimir la comunicación emocionalmente honesta y directa. 

3. "¡Ya voy!"

Las personas pasivo-agresivas son conocidas por acatar pedidos u órdenes verbalmente, pero retrasar su cumplimiento a nivel comportamental. Si cuando le pides a tu hijo que limpie su habitación, él alegremente dice "Bueno, ya voy", pero luego no lo hace, es probable que esté practicando el fino arte pasivo-agresivo del acatamiento temporal. 

4. "No sabía que querías decir 'ahora mismo'".

Relacionado con lo anterior, las personas pasivo-agresivas son procrastinadores natos. Aunque a todos nos gusta posponer tareas de vez en cuando, las personas con personalidades pasivo-agresivas usan la procrastinación como una forma de frustrar a los otros y/o librarse de ciertas tareas sin tener que rehusarse directamente a llevarlas a cabo. 

5. "Quieres que todo sea perfecto."

Cuando la procrastinación no es una opción, una estrategia pasivo-agresiva más sofisticada es llevar a cabo las tareas puntualmente, pero de manera inaceptable o mediocre. Por ejemplo: 
  • Un estudiante entrega un deber desarrollado de forma poco rigurosa;
  • Una esposa prepara un bistec bien cocido, aún sabiendo que su esposo lo prefiere en término medio;
  • Un empleado gasta dramáticamente más de lo que el presupuesto para determinado proyecto le permite.

En todas estas instancias, la persona pasivo-agresiva cumple con un pedido particular, pero lo lleva a cabo de forma intencionalmente ineficiente. Cuando se la confronta, defiende su trabajo, contra-acusando a los otros de tener estándares perfeccionistas. 

6. "Pensé que ya lo sabías."

A veces, el crimen pasivo-agresivo perfecto tiene que ver con la omisión. Las personas pasivo-agresivas pueden expresar su ira de manera encubierta escogiendo no compartir información que podría prevenir un problema. Alegando ignorancia, esta persona defiende su falta, mientras disfruta del mal rato que hace pasar al otro. 

7. "Claro, con gusto."

¿Alguna vez has estado en una situación de servicio al cliente donde un empleado aparentemente preocupado o súper educado te asegura que tu problema será resuelto? En la superficie, este empleado es cooperador, pero cuidado con su sonrisa; detrás de cámaras está arrojando tus documentos a la basura o poniéndoles un gran sello que dice "NEGADO". 

8. "Lo has hecho muy bien para alguien con tu nivel de educación."

El cumplido con doble intención es el más elevado medio socialmente aceptado por el que la persona pasivo-agresiva te insulta hasta tu esencia. Si alguien te ha dicho alguna vez "No te preocupes, puedes ponerte frenillos aún a tu edad" o "Hay muchos hombres a los que les gustan las mujeres rellenitas", ya sabrás cuanta dicha nos trae un cumplido pasivo-agresivo. 

9. "Solo estaba bromeando."

Como los cumplidos con doble intención, el sarcasmo es una herramienta común de la persona pasivo-agresiva que expresa su hostilidad en voz alta, pero de forma indirecta y socialmente aceptable. Si caes en su trampa y te muestras ofendido, la persona pasivo-agresiva se pone en el papel de víctima, preguntando: "¿No puedes aguantar una broma? 

10. "¿Por qué te enojas?" / "¿Por qué te pones así?"

La persona pasivo-agresiva es un especialista en mantener la calma y fingir sorpresa cuando los otros, cansados de su hostilidad indirecta, estallan de ira. De hecho, estas personas disfrutan llevando a los otros hasta su límite para después cuestionar sus "reacciones exageradas". 

martes, 14 de agosto de 2012

Algunas anotaciones paranoicas sobre "La subasta del lote 49", de Thomas Pynchon.



Por fin me animé. Había postergado nuestro encuentro demasiado tiempo. Decidí que temerle solo contribuía a prolongar mi ignorancia. Después de varios intentos fallidos por superar la primera página con una idea concreta de lo que estaba pasando, decidí probar el método alternativo: solo leer, hacerlo por placer, disfrutar y dejarme llevar. Fue así como pasé a la segunda página y entonces la locura se desató. Y la locura duró mientras ese libro estuvo abierto. 

Honestamente, creo que esta reseña no tiene sentido. Para ser brutalmente franco y realista, dudo que cualquier reseña sobre el libro en cuestión tenga sentido. ¿Para qué escribirla entonces? Para quitarme esta fantasía de encima, obviamente. El Dr. Hilarius me sermonearía por esta blasfemia, nicht wahr?: 

¡No lo haga y trátela con amor! [...] ¿Qué otra cosa le queda? Sujétela bien por su minúsculo tentáculo, no permita que los freudianos se la arrebaten con zalamerías ni que los farmacéuticos se la eliminen a fuerza de pócimas. Sea cual fuere, cuídela con cariño, porque si la perdiese, por ese pequeño detalle sería usted como los demás. Y empezaría a dejar de existir. 
—Thomas Pynchon, LSDL49

Así es como el psicoanalista Hilarius un ex-nazi, ahora freudiano ortodoxo, motivado por la culpa le responde a la protagonista (Edipa Maas) cuando esta acude a él con la esperanza de que le confirme que todo lo que está viviendo no es más que una fantasía, un delirio paranoico atribuible a sus más profundas carencias y traumas infantiles. Como Edipa, el lector de LSDL49 se ve imbuido en una vorágine de acontecimientos y encuentros completamente descabellados que parecen salidos de un viaje con LSD-25 (el alucinógeno es mencionado en la novela). Esa es la analogía más perfecta que se me ocurre: LSDL49 como un viaje con LSD (la coincidencia de las siglas obedece a la traducción y no es más que incidental).

Repetiré algo que ya han dicho muchos porque no deja de ser cierto: LSDL49 es un libro enorme (y ya sabemos que, cuando se habla de libros, la enormidad no es directamente proporcional al número de páginas). Filtros de cigarrillo hechos con huesos humanos, psiquiatras nazis que provocan enfermedades mentales de manera experimental, una banda que quiere imitar y superar a los Beatles, grandes y decisivas batallas no registradas por la historia, un recorrido por la bahía de San Francisco en los 60's, una extraña compañía aeroespacial y una no menos extraña sociedad secreta infiltrada en el servicio de correos desde el siglo XV... Y paranoia, mucha paranoia. Todo eso y más en menos de 200 páginas.

   




Lo mejor de todo es que nunca sabemos cuál es la realidad de todo esto. ¿Se trata de una auténtica conspiración? ¿O quizás la última broma de Inverarity (el amante muerto de Edipa, quien la ha nombrado albacea de su herencia)? ¿Es posible que todo se desate porque Edipa comsumió LSD sin saberlo? (esto se me acaba de ocurrir releyendo las primeras palabras de la novela) ¿O es todo pura y simple paranoia? Lo cierto es que, pese a que la mitad del tiempo no sabemos qué rayos está ocurriendo, la narración es tremendamente adictiva. Pynchon se encarga de meternos en la piel de Edipa, convirtiéndonos en los investigadores de su intrincadísima y alucinante trama. Al final, el lector comprometido y valiente recibirá una recompensa por todo su esfuerzo; no logrará dilucidar el misterio lamento decepcionarlos, pero habrá sido iniciado en lo que uno de mis amigos llama la "Frecuencia Pynchon", y una vez dentro de ella, no querrá (y no podrá) salir.



P.D.: Para quienes se animen a emprender este viaje, sepan que sintonizar la Frecuencia Pynchon conlleva tantos placeres como peligros. Para no perderse, se han confeccionado numerosas guías. He encontrado esta muy útil por tener anotaciones para las referencias de cada página:
P.P.D.: Esta reseña fue escrita con tres discos de Bob Dylan como música de fondo. Creo que también sería un excelente soundtrack para acompañar la lectura de LSDL49. 

P.P.P.D.: REINE EL SILENCIOSO TRISTERO OTRO SIGLO.





"WHY SHOULD THINGS BE EASY TO UNDERSTAND?"

                                                                                          —Thomas Pynchon