lunes, 29 de abril de 2013

"The adventures of Huckleberry Finn", de Mark Twain.





Mi primera impresión tras terminar la lectura de Las aventuras de Huckleberry Finn fue que me había tardado muchos años en descubrir este libro. Pensé (y pensaba a medida que lo leía) que debí haberme acercado a él cuando aún era un púber, cuando podía identificarme mejor con Huck Finn, en fin, cuando era un muchacho más inocente. De eso iba a tratar esta reseña: de la importancia de esta novela como lectura iniciática, de cómo me aseguraré de que mis hipotéticos y poco probables futuros hijos y nietos lo lean  (junto con Alicia, El Principito y El Hobbit) antes que ningún otro libro. Ahora lo pienso bien y decido que no, que las aventuras de Huck Finn o de Tom Sawyer (que hace un cameo en este libro y que, por cierto, me cae muy mal) no son literatura infantil o juvenil en absoluto, más bien son historias muy duras, difícilmente digeribles por un niño. De pronto entiendo la intención de Mark Twain: que el lector se parta de la risa. Este es un libro para leerse con mucho sentido del humor, pero esto solo se consigue observando a sus personajes desde fuera, desde la imposibilidad de cualquier  identificación, desde las alturas sin retorno de la vida adulta. 

He perdido la cuenta de cuántas novelas han sido ennoblecidas con el rimbombante título de "La Gran Novela Americana". Al respecto, mi opinión es que hay una gran novela americana por cada década de la cambiante historia de ese país, una obra de ficción que representa todo lo que Estados Unidos fue durante determinados diez años; después de eso la misma historia ya no sería representante fiel de la realidad. 

Esta es, sin asomo de duda, una de esas novelas: en ella tenemos la oportunidad de echar un vistazo a los Estados Unidos previos a la Guerra Civil a través de los ojos de un niño que viaja por el Mississippi río abajo (creyendo que está viajando río arriba) en compañía de un esclavo negro al que ha ayudado a escapar. Huck y Jim, prófugos, ingenuos y blanco fácil de infinidad de peligros, se embarcan en una aventura épica de la cual no cualquiera habría salido vivo. Si ellos se salvan es precisamente debido a las características que en apariencia los hacen más vulnerables. Y claro, gracias a la perspicacia y la habilidad para mentir del buen Huck. Pese a que en ocasiones podría confundírsela con una novela moral, Twain deja bien claro desde el principio, en una genial advertencia introductoria, que cualquiera que intente encontrar lecciones, razones o incluso una trama en su narrativa, será juzgado, desterrado y hasta podría recibir un disparo. La misma advertencia debería abrir toda obra literaria.


Un pensamiento aislado que no puedo reprimir: me gusta confundir la realidad con la ficción, pero me gusta más confundir la ficción con la ficción, entrelazar historias que nunca sucedieron. Así me he convencido de que uno de los hijos del viejo Jim terminó por convertirse en Django "Freeman", el prócer de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos (remitirse al último film de Tarantino). 

Y un consejo final: hay que leerla en inglés. No quiero ni pensar cómo acometieron la traducción de un texto con tantos dialectos (están el dialecto de Jim y de los negros de Missouri, la variedad de acentos sureños en algunos personajes), pues el autor también explica, antes de iniciar, que no los ha transcrito al azar o por adivinanza, sino tras un muy arduo esfuerzo y gracias a su experiencia y familiaridad con los mismos. Esto puede resultar confuso al principio, sobre todo para un lector que viene de otro idioma, pero pronto se vuelve divertido y nos permite imaginar con más detalle los diálogos y así tener una experiencia más completa. Es lamentable lo mucho que se pierde en cualquier traducción, pero estoy convencido de que en esta en particular se pierde mucho más.


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