viernes, 6 de enero de 2012

El mal de Vila-Matas.

"Les mains de Paul Arma", foto de André Kertész.
Aparece en la portada de El mal de Montano, Editorial Anagrama, Colección Compactos.

Leer a Vila-Matas me está llegando a la cabeza. Eso por buscar culpables. Escribir en un blog suele servir para deshacerse de una obsesión; el acto de escribir es en sí mismo la purga de una idea que se ha vuelto omnipresente y que no nos deja vivir en paz, atormentándonos. Bien, el asunto es el siguiente: hasta hace un tiempo no tenía ningún problema en ser invadido por este tipo de ideas -hasta se podría decir que vivir con ellas se había vuelto mi estilo de vida- y un blog (alguna vez un cuento) era el espacio más adecuado para librarse de ellas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte (hará un mes, según mis cálculos), siento que de pronto estas ideas ya no me visitan. Probablemente sí me visiten, pero yo ya no soy capaz de obsesionarme con ellas, lo que las vuelve inocuas. Sin ideas invasoras apremiantes, sin capacidad para dejar que me envuelvan y me absorban, no puedo escribir más; simplemente no tengo sobre qué escribir. 

¿Por qué me preocupa haber perdido esta capacidad, que bien podría ser considerada una maldición? Ser asaltado por ideas que no le dejan a uno en paz -que ocupan todos sus pensamientos y alteran su percepción de la realidad- no parecería demasiado deseable. Es, a primera vista, una condición incapacitante. Pero no para mí (But not for me, que diría Chet Baker, favorito de Vila-Matas). Yo necesito de estas ideas no sólo para escribir (escribir, por lo demás, es un proceso secundario), sino para vivir, para dotar de sentido a los días. Mi nuevo estilo se ha vuelto exasperante: me levanto muy tarde, lo más tarde posible, y me paso el resto del día deambulando por la casa sin poder pensar en nada, sin fijar mi atención en nada, ni siquiera en mí mismo. Leo un par de horas, veo una o dos películas, navego por la red. Nada en mis lecturas, ni en las películas, ni en Internet me atrapa, ergo no tengo nada para escribir.

Quiero pensar que se trata de un estado pasajero, una fase que se mantiene debido a determinadas circunstancias, pero es más fácil pensar que todo esto no es más que una nueva idea obsesiva -sobre mi incapacidad para obsesionarme- y que mientras no escriba al respecto no me curaré y no me libraré de sus efectos paralizantes. Paralizantes porque esta situación me ha convertido en lo que Vila-Matas llama un "ágrafo trágico". No sé si la condición se pueda comparar al clásico "bloqueo del escritor". El asunto es que nada me atormenta, ningún tema me persigue ni me compele a sentarme y traducirlo en palabras, en ideas vagas que lo distorsionen pero lo asienten y de esta forma librarme de él. Ninguno excepto este. Es decir, el hecho de que ningún tema me obsesione. Obsesionarse con respecto a una incapacidad para obsesionarse. No tengo remedio.

Todo esto es muy Vila-Matas y por eso le he hechado la culpa. Estoy por terminar de leer "El mal de Montano", la metanovela del escritor barcelonés, ganadora del Premio Herralde en 2002. La he llamado metanovela porque además del clásico cruce de géneros vilamatiano (pasamos por el diario íntimo, el ensayo literario, la autoficción, y otros, inclasificables), en esta ocasión se habla, a partir del segundo capítulo, sobre la misma escritura de la novela: sobre su proceso, sus razones de ser, las circunstancias que inspiraron ciertos párrafos, las consecuencias de los mismos, todo sobre la marcha, y es esta descripción la que compone la trama fundamental (si es que se puede decir que hay una trama). Nunca estamos del todo seguros de quién es el autor, pues muta incesantemente a lo largo de la novela y nos revela que lo que contó en el capítulo anterior era ficción (y lo mismo capítulo tras capítulo). Lo único que se mantiene intacto es su enfermedad, el mal de Montano, la cual se puede definir como la condición en la cual un individuo está enfermo de literatura. Onetti la llamó literatosis. Gabriel Ferrater dijo que quienes la sufrían se llaman letraheridos. Y probabemente haya recibido más nombres a lo largo de la histroria. Vila-Matas siente que está enfermo de literatura y por eso escribe esta novela, en la que descarga y agota el tema para intentar curarse. Lo lamentable de esta condición es que escribir -único recurso al alcance de quienes la sufren- sólo sirve para empeorar los síntomas. 

El mal de Montano es todo lo contrario al mal de Bartleby, abordado en otra novela de Vila-Matas, y que consiste en la incapacidad de un escritor para seguir escribiendo, una renuncia a la literatura que a veces es voluntaria y que obedece a motivos que por lo general son elevados (por ejemplo, considerar que ya todo lo que valía la pena ser escrito ha sido escrito). Yo no sufro de ninguno de los dos, no de momento. Sufro de otra condición que llamaré el mal de Vila-Matas. Y no porque Enrique sea ejemplo ni culpable directo de lo que me sucede, sino por simple capricho y porque suena bien. Está bien, no sólo por eso. Quizás es porque sus obsesiones se están volviendo mis obsesiones; mis únicas obsesiones. Quizás es porque desde que lo leo, me voy apropiando de sus ideas y de su estilo, lo voy incorporando a mí y eso me permite escribir, aunque sólo sea sobre mi incapacidad para escribir. Aunque sólo sea sobre mi obsesión de no poder obsesionarme.




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