lunes, 30 de enero de 2012

Rescatando la primavera negra.

1. El contexto: A veces, el robo de un libro se da cuando menos lo esperas. Cuando se conjugan las condiciones ideales (por una parte, la disposición de las estanterías, al alcance de la mano debido a que la biblioteca se ha trasladado provisionalmente a un lugar muy estrecho por motivos de remodelación; y por otra, el descuido del bibliotecario, quien ingenuamente supuso que una vez satisfecho mi pedido podía irse tranquilamente a coquetear con la secretaria en la oficina de al lado), cuando todo esto se reúne, como he dicho, y además, se es un bibliocleptómano incurable, resulta que no robar  se convierte en un crimen que no podemos darnos el lujo de cometer. 

2. La metafísica: La confirmación de que el universo estaba conspirando conmigo para este robo en particular llegó cuando, al acercarme a la estantería, descubrí que se trataba de aquella que contenía las novelas en inglés que la universidad había adquirido para la Escuela de Lenguas. Pero esto no fue todo: el destino, como pronto veremos, también estuvo presente. No mentiré, no fue el primer libro sobre el que cayeron mis ojos, pero sí el segundo. Se trataba de Primavera negra de Henry Miller. ¿En dónde he visto la mano del destino? Pues en el hecho de que me encuentre leyendo El coloso de Marusi, también de Miller. ¿No es suficiente? ¿Son puras coincidencias? A mi me basta. Hace poco, conversando con un amigo que tuvo la mala suerte de iniciarse en Miller con la lectura de Sexus, concluimos que  los únicos libros de este autor que valían la pena ser leídos eran aquellos en los que el sexo no era el tema predominante, es decir, precisamente El coloso de Marusi, Días tranquilos en Clichy y Primavera negra. Si hay un dios de los libros (si no lo hay debemos inventar uno inmediatamente), su divina voluntad quiso que se perpetre este robo, de eso no me cabe ninguna duda. 

3. La descripción del objeto: Se trata de una edición de bolsillo, de tapas suaves de color azul marino y letras grises, de la editorial Grove Press, sumamente maltratada. Una breve inspección de sus páginas me permite colegir que quien la maltrató no fue un estudiante de mi universidad, sino más bien la gente que la leyó antes de que fuera donada por el servicio cultural e informativo de la embajada de los Estados Unidos. Hay frases subrayadas y palabras encerradas en círculos, todo con lápiz, pero estas flagelaciones (que denotan a un estudiante de idiomas tratando de comprender, buscando estructuras gramaticales y aquellas palabras que no entiende) no van más allá de la página 5. 

El ejemplar en cuestión está mucho más maltratado que este, pero  igual
pongo una foto de la edición para que la descripción tenga un sustento más visual. 


4. Justificación: En todo el tiempo que este libro llevaba en mi universidad, no fue sacado de la biblioteca más de una vez. En el argot de los ladrones de libros solemos decir que en un caso como este, el libro estaba pidiendo a gritos que se lo llevasen. El libro no existe hasta que no lo lean, ese es un hecho indiscutible. Los más ortodoxos consideran que es incorrecto robar en una biblioteca, pues se trata de un lugar en el que los libros están para ser leídos gratuitamente por quienes lo deseen, y que al llevarnos uno estamos negándole ese libro a muchos otros lectores potenciales. Permítanme reírme de los ortodoxos. Seamos realistas: este libro ha sido rescatado de un polvoriento y desolador olvido. 



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