sábado, 28 de julio de 2012

"Bariloche", de Andrés Neuman (fragmentos).


[...] no entendía por qué la noche se cargaba de sonidos, un camión gigantesco que no se veía, grillos, un tango, un crujir cercano como de huesos o de pequeñas piezas que se agitan en una caja. Miró con atención al frente y vio la mole en sus detalles, su lomo irregular, su superficie abultada como un bosque de heridos que se revuelven o que ya no se mueven y entonces es más bien la fosa común de todas las ciudades por la noche, ¿qué hora era?, le llamó la atención que, a la luz desmayada de los focos del hangar y de la luna oculta tras las nubes de vinilo, todos los destellos de los cristales enterrados fueran verdes. 

¿Qué había realmente dentro de los millones de bolsas? ¿Cuáles serían suyas? ¿Podría rescatarlas?

[...] Bajo sus pies, a escasos metros, respiraba toda la excrecencia del mundo con su aliento venenoso. La vista se le perdía en un horizonte de fragmentos extrañamente organizados, de millones de cabezas asomadas desde la tierra hacia la fría noche, buscando algo de oxígeno. [...] le costaba entender, Dios santo, cómo podía haber tanta, tanta mierda, mejor dicho, más que moverse como criaturas individuales, los desperdicios lo hacían con tendencia a fusionarse, era tan uniforme todo, el nylon, la mierda y el silencio... La convulsión provenía de abajo, de muy profundo abajo, él lo intuía bajos sus pies helados, era un temblor verde y subterráneo que tejía una piel artificial e invulnerable, la Mierda Única, un mar de ahogados. Miró fijamente el epicentro del monstruo: un mar, ¿no era eso? O un lago prehistórico de nombre imposible, y la noche iluminó con lenta luz la superficie del Nahuel Huapí, olía a humedad, a piedra, la tierra oscura cedía y emanaba, el cielo y el lago se gruñían como dos osos rivales, infinitos, el frío endurecía los colores. 

[...] no había hora, todo se moría al mismo tiempo (un ligero mareo, las sienes encogidas), temblaban las lagartijas y aún se escuchaba el ronquido atroz de la bestia, era cuestión de tiempo, palpitaba, tenía sus métodos, la bestia. 


Tiempo. No había habido nunca una ciudad abajo, ¿pies?, ¿qué pies?, sólo sabía que entre jirones de nylon emergían dos gatos que jugaban a arañarse y a quererse confundiendo sus colores, se metían en dos bolsas y salían por otras dos, ¿o había un gato escondido en cada bolsa?, había un algo como de pétalos caídos sobre un sendero embarrado. [...] Sintiendo cómo aumentaba el palpitar de las sienes, recogió su mochila y acudió con los ojos cerrados, hasta escucharse en medio de la noche el claro rumor celeste  de una zambullida.




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